Se quedaba absorto mirando a
su alrededor. El escarabillero, solamente era un niño. A sus ocho años ya sabía
muy bien lo que era pasar hambre. Desde que era un bebe las necesidades de su
casa eran tremendas.
Era los años de la posguerra
en España, había poco dinero, poca comida, poco de todo. Si además el cabeza de
familia era un poco inestable, todavía era más difícil la vida.
Por eso en aquella casa
todos los miembros de la familia desde que apenas empezaban a balbucear debían
arrimar “el hombro”. No importaba niño o niña. Lo más importante era comer y
para eso era necesario tener un poco de dinero, y para conseguirlo había que
trabajar.
En el lugar donde vivía
aquel niño, se explotaban unas minas de carbón. En aquella época era una energía necesaria. Era el
medio que más se utilizaba para guisar, y para calentarse en el frío invierno
que por aquellos montes tenían.
La familia no tenía dinero
para comprar aquel preciado mineral. Solamente había otra forma de poder
obtenerlo, y además poder vender a todos aquellos que lo necesitaban y se lo
pedían. Una buena forma de conseguir unas monedas y poder adquirir un poco de
comida.
Después de desayunar (Cuando
había en su casa leche, que no era todos los días) la madre de Luisito, lo
lavaba y lo peinaba. Eso ¡sí! Ya que era imprescindible enseñar una educación a
los hijos aún siendo muy humildes. Así después del aseo su madre lo mandaba a
escarabillear a la puerta de la mina o
por los alrededores.
El niño cogía una espuerta
de esparto que pesaba más que él y arrastrándola se iba a buscar aquellos
pequeños trocitos de carbón. Era cómo migajas de aquel negro combustible. Así
pasaba toda la mañana para volver al mediodía a casa donde poder comer un plato
de arroz con una patata, la más de las veces sin ningún tipo de grasa, ni
aceite.
Por la tarde la madre vendía
la parte más importante de aquellas pequeñísimas piedras que cuando estaban al
sol brillaban intensamente, tanto que se podían confundir con pequeños
brillantes ¡qué suerte hubiera tenido aquel niño de encontrarse un trozo de
aquella preciosa piedra! Pero la realidad era otra muy distinta. La pobreza
reinaba en su humilde casa.
Su madre nunca le llevaba sucio,
y mucho menos con manchas. Aún con los pantalones llenos de remiendos, los
planchaba.
Cuando otras personas le
daban ropa ya usada, ella con todo cariño y por las noches, descosía aquellas
piezas y los ponía a medida de su hijo. Pantalones, camisas y muchas veces
abrigos o chaquetas.
Luisito se daba cuenta de
ello y ayudaba todo lo que podía ya que su padre pasaba largas temporadas fuera
de casa y nada se sabía de su paradero. Mientras que su madre lavaba ropa de los
lugareños. La avisaban para que pasase a recogerla. Ella tenía que ir a un
lavadero que había en las afueras de aquel pueblo y en invierno rompía el hielo
para poder lavar. Llegaba a casa con las manos moradas de tanto frío. Una vez
seca toda la colada, la planchaba y entregaba a cada casa, sus prendas.
Era una vida muy dura.
Luisito casi no tenía tiempo para jugar, pasaba largas temporadas sin ir al
colegio. Cuando no hacía una cosa era otra, pero lo importante era esa pequeña
ayuda que él aportaba a su casa. A su madre, que tanto quería.
Una mañana de aquel verano
intensamente caluroso. Unos cuantos chicos llegaron a la boca de la mina, todos
llevaban una cesta o cubo para llevar el carbón a su casa, se conocían y
jugaban muchas veces en la calle con las canicas o simplemente con un trozo de
madera que, según ellos era la espada.
Al lado de la mina había un
río ¿Un río o un pantano? Normalmente no había ningún peligro. Muchas veces se
bañaban y jugaban dentro del agua. También aquella mañana, decidieron que se bañarían
siempre se tiraban por las paredes del embalse como si de un tobogán se tratara.
Los niños se reían y hacían carreras para ver quien llegaba abajo y luego subía
antes.
Aquella mañana cuando el primero
de ellos, que era Luisito, por ser el más atrevido, estaba ya abajo, abrieron
las compuertas y el agua contenida salió con una rapidez impresionante. Los amigos
miraron a ver si su amigo que se encontraba en el fondo se veía. Era imposible,
y Luisito no podía salir, parecía como si un pozo se lo quisiese tragar.
Miraba para arriba y veía
una luz muy blanca. – Creo que durante un buen rato. - O ¿fueron minutos,
segundos… y a él le parecieron horas? Escuchaba a lo lejos como sus amigos que
lo llamaban. Fue agarrándose a las paredes y guiado por la luz y los gritos fue
saliendo. Cuando ya llegaba arriba noto como unas manos tiraban de él.
Extenuado cayó al suelo sin sentido y completamente morado.
Fue difícil hacer que
volviera en sí. Los amigos seguían y seguían moviéndolo para que les hablara,
no se atrevían a correr para ir a pedir ayuda, tampoco querían que se enteraran
sus madres. Al final el niño volvió en sí, abrió los ojos y miro a su alrededor,
sin pensarlo se puso en pie y se encamino a su casa.
Aquel día llego tarde y sin
carbón. La explicación que dio fue que no había encontrado ninguna de aquellas
piedras. No quiso comer, no podía. Pidió
permiso y se acostó ¿qué raro? Pensó su madre.
La realidad es que nunca
llego a enterarse de lo ocurrido. Luisito creció y se cambiaron de región. Pudo
ir al colegio y aquello quedo en una tremenda aventura que le causo un fuerte
trauma, jamás se acerco al mar.
Higorca
2 comentarios:
Una historia triste y tierna. Pero también de gente valiente y luchadora. Tu dibujo, como siempre, sorprendente. Tienes un marcado estilo propio.
Un abrazo muy fuerte
Así es querida amiga, historias muy tristes de la posguerra, reales aunque a veces sean increíbles y para algunos de ciencia ficción, pero cuando ves que te lo cuentan unas personas ya mayores que pensaban que ya habían pasado los tiempos malos y ahora están cobrando poco menos que una limosna, el alma se encoge y a veces las lágrimas brotan.
Gracias por tu comentario.
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