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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

domingo, 25 de noviembre de 2012

UNA NOCHE EXTRAÑA

Óleo de: Higorca


La noche era cerrada. Se veían las estrellas titilar en un cielo tan oscuro que parecía negro. El silencio era sepulcral, para colmo no se movía nada de viento, se podía escuchar el silencio.
Unos metros más allá estaban las “ruinas” de una ciudad romana que estaba en principio de restauración. Era bastante grande, tanto que podíamos visitar, los baños, el anfiteatro, teatro, circo, catacumbas…   
Cuando estuviera toda restaurada tenía mucho que ver y dar a conocer de la época romana.
No había nada alrededor, ni pueblo, ni casas, nada de nada. Estaba sobre una pequeña sierra.
Dentro del coche me preguntaba ¿qué hacía en un lugar así a las tres de la madrugada? ¿Porque nos habíamos dejado embaucar para ir allí a esas altas horas con unas personas que apenas conocíamos?
Me había cerrado las puertas del coche por dentro, aún así miraba a través de los cristales quería ver todo alrededor sin apenas moverme para no hacer ni el más mínimo ruido.
Hacía casi una hora que se habían ido a buscar “algo” que aquella tarde se había dejado olvidado un pintor que había llegado desde Colombia.
Nadie le conocía. Había viajado a España recomendado por el gran maestro y renombrado pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, amigo de la persona que estaba junto a nosotros. A él le conocíamos un poco más nos lo había presentado un amigo común de Toledo. Nos llamo a casa pidiendo que fuésemos con él a recogerlo, tenía el coche averiado.
Así fue, el pintor llego, nos fuimos a comer, era la hora y se notaba que el recién llegado no había comido nada. Después de haber devorado con ansia aquellos ricos manjares, Andrés propuso ir hasta las ruinas para enseñárselas y de paso conocer un poco más a ese “artista”.
Vi como la persona foránea ponía una “riñonera” sobre las piedras que formaban los asientos. Estábamos en el anfiteatro de la ciudad.
Nadie hablo más de aquella “bolsa” cuando llegamos al pueblo bien entrada la noche, al bajar el colombiano se dio cuenta que había perdido la documentación ¿en verdad no lo había advertido?
Mirándole a la cara, dije dónde la había visto la última vez, pero claro era de día, luego me desentendí. No podía pensar que “iba a dejarla olvidada”. Note algo raro en su mirada, aunque estaba un poco lejos decidimos ir de nuevo hasta aquel solitario paraje. No se podía perder, la necesitaba para poder estar en el pueblo y después marchar para Madrid ¡de ninguna manera! Había que recuperar aquella cartera.
Oí primero sus voces, parecía que iban gritando, enfadados, luego pude distinguir en la distancia que volvían ¿no me habré equivocado?
No, no estaba equivocada, lo noté cuando se lo dije la primera vez y tampoco ahora, estaba segura ¡se  había dejado la documentación a sabiendas!
Llegaron hasta el coche y abrí las puertas para bajar. Cerca del coche había un árbol enorme, una fuente con agua muy rica, una casa albergue dónde los estudiantes de arqueológica pernotaban en verano. Detrás, justamente una necrópolis visigoda. Todo ello hacia que el lugar tuviera a esas horas de la madrugada una magia especial.
Allí estábamos bebiendo agua muy fresquita. Nos dimos la vuelta para “otear” nos pareció que no había nadie. – Bueno, vamos a beber agua otra vez y nos vamos – al darnos la vuelta de cara a la fuente, un hombre alto y muy delgado estaba apoyado sobre ella. Sonreía, parecía amable.
Todos nos quedamos mudos ¿quién era? De pronto empieza a contar la historia del lugar, explicando de “pe a pa” cuando fue construida la ciudad ¿de dónde había salido aquella figura? Nadie se explicaba cómo.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era como un fantasma, muy alto y sobre todo muy delgado, al mismo tiempo era un señor elegante, bien parecido. Mientras explicaba de qué forma fue “concebida” note que me miraba, al mismo tiempo que hablaba y no paraba.  Le preguntamos ¿de dónde era, como había llegado hasta allí, dónde se alojaba?
Nos dijo que había llegado andando, siempre lo hacía, caminaba, pero solamente contestaba aquello que no le podía “dañar”, que no le comprometía a nada. Nos dio una lección en verdad muy buena de todo lo que nos rodeaba y también del nacimiento de Jesús.
Algo me quedo grabado, era verano y el señor llevaba una gabardina larga, iba limpio y peinado. Todo se me “liaba” en la cabeza. Necesitaba que nos fuésemos y al mismo tiempo me intrigaba saber quién era en realidad.
Nos quedamos con las ganas, después de un buen rato nos despedimos y caminamos hasta el coche que estaba al lado.
Antes de subir mire y en la fuente no había nadie, tampoco por los alrededores ¿qué había pasado? Igual como llego se fue.
Subimos todos al coche y nos marchamos camino de casa, teníamos que dejar a las otras dos personas en su pueblo y después todavía nos quedaba otra hora más para poder llegar a nuestro lugar.
Los dejamos y seguimos camino, en esas fechas los pueblos bullen en fiestas, nosotros estábamos agotados, pero íbamos hablando todo el camino. Hablando de la figura tan extraña que habíamos encontrado en la ciudad romana.
Nunca la hemos podido olvidar. Paso el tiempo, los años… un día mientras caminaba por la calle, vi una cosa que brillaba en el suelo, me agache para recogerla, cuando la tenía en mi mano vi con estupor que era una figura idéntica al señor que encontramos en la fuente. La guarde en el bolsillo y en casa se la enseñe a mi marido, nos miramos los dos pensando lo mismo.
Todavía la tengo guardada, durante mucho tiempo la tenía sobre la mesa de mi despacho, luego la guarde en una caja dónde tengo todos los pequeños recuerdos.

Higorca

martes, 20 de noviembre de 2012

DIA DE LA INFANCIA

Acuarela: Higorca




Junto a mi, unas caras me miran.
Veo sus ojos grandes,
desmesuradamente abiertos
dos lágrimas hay en ellos
lágrimas que resbalan
por unas mejillas rojas del frío.

Me miran pidiendo
un trozo de pan
¡simplemente eso!
sin importar nada más,
levantan las manos
como queriendo acariciar
o, ¿lo he entendido mal?
Creo que ha sido un trozo de pan
un beso, una caricia, una palabra
que simplemente diga paz.

Que no tiren bombas,
que dejen vivir a los niños,
que paren las guerras,
que tengan comida,
que tengan caricias,
que tengan cerca el calor de una madre,
el beso dulce al acostarse.

Esos ojos grandes que miran
que piden amor nada más,
no llores niño, no mires atrás,
camina de frente que encuentres la paz,
que allí no caen bombas,
y, pan te darán.


Higorca 20/11/2012



domingo, 18 de noviembre de 2012

HASTA LUEGO MILIKI

D E P Miliki



Hoy me invade la tristeza. Miliki, el payaso de mi generación nos ha dicho adiós. La mente se ha llenado de recuerdos ¿quién no conocía a los tres hermanos más famosos de la caja mágica?
Fofo, Gaby y Miliki ¡cuántas sonrisas me arrancaron! Me gustaba oír la música que anunciaba su llegada, lo dejaba todo y me sentaba delante de la pequeña pantalla. Aprendimos todas sus canciones que luego nos sirvieron para jugar con los “peques” y para reír un buen rato cuando nos reuníamos un grupo de amigos.
Primero se fue Fofo, después Gaby, y ahora el tercero de aquellos hermanos, herederos de una saga de grandes payasos. Tras un periplo de emigración, regresan a España para hacer olvidar muchas veces la tristeza a todos aquellos que les veían.
Ahora ya están otra vez juntos los inseparables payasos. Ahora tienen otra meta distinta. Ir por las nubes haciendo reír a tantos niños como se fueron, buscando esas alas para poder volar cerca de aquellos que tantas risas les ofrecieron. Hoy de nuevo estarán en un corro, alrededor de ellos esperando sus canciones, sus juegos y respondiendo a su frase consabida - ¿cómo están ustedes?
Descansa en paz querido payaso y entrega por “arriba” tanto como lo hiciste aquí, mientras yo, seguiré recordando al trío que tanto me hizo reír. Por de pronto os envió un largo beso.

Higorca

miércoles, 7 de noviembre de 2012

VIVENCIAS

Acuarela, Higorca Gómez


De pie en el vagón-restaurante notaba como el expreso iba devorando los kilómetros que separaban Zaragoza-Madrid.
Absorta en sus pensamientos, iba recordando con una sonrisa en los labios aquel inusitado viaje.
Después de estar media hora en la fila para poder sacar el billete, y cuando al fin le tocaba, oye como la voz del hombre que estaba detrás de aquel pequeño redondel le decía - ¡lo siento no quedan más billetes!
El factor debió darse cuenta de la cara que se le quedo al oír esa frase - ¡señorita, no quedan más…! – le gritó. Lo normal era que ella se hubiese retirado de la ventanilla pero en realidad… no sabía qué hacer. La esperaban, sabían que iba en el expreso.
Bajo al andén. Muy pronto escucho un silbido fuerte, miró y vio una luz que se acercaba hasta la estación - ¡Ya está aquí! – ¡subiré y ya veremos qué pasa!
Subió, y de inmediato busco el vagón-restaurante, y al revisor, paso de un vagón a otro hasta llegar a el. Pidió un café, la mañana era fría y eso le reconfortaría o ¿eran los nervios? No tenía costumbre de hacer esas cosas ¡¡ay si su padre viviera!! Le parecía que estaba cometiendo ¿cometiendo qué? Se contestaba a sí misma - ¡espero al revisor! -. Se tomo el café con tranquilidad, no era nada sospechoso, simplemente llevaba un bolso de viaje y uno normal de bandolera. Saco el monedero, pago, y  se dio cuenta que habían unas revistas sobre una rinconera.
Ese tren no paraba en todas las estaciones, eso sí, al pasar por ellas pitaba con insistencia, realmente por eso se daba cuenta que se iba acercando a la capital. Le extrañaba una cosa - ¿qué raro no ha pasado el revisor? - Pregunto al camarero - ¡normalmente si viene, pero hoy no ha llegado hasta aquí! – ¿Estamos llegando a Madrid?- ¡sí! - contesto ¡quedan dos estaciones!
Durante el trayecto había bebido bastante agua, nunca había sentido la sensación de sequedad en la boca - ¡parece que me sube del estómago! ¡qué nervios! Le dolían las piernas - ¿podré andar cuando llegue?
Se abrió la puerta del vagón, pero en realidad durante todo el trayecto se había abierto, y no era la persona que se esperaba. En aquella ocasión, si era, el revisor estaba allí, se puso en la barra y pidió un café. Ella se acerco y con voz temblorosa le dijo - ¡por favor, necesitaba hablar con usted, he subido en Zaragoza sin billete! – le explicó la verdad mientras pensaba - ¡ahora que ya estamos en Madrid voy a tener que pagar doble billete! ¡vaya fastidio!
El revisor con toda naturalidad y muy amable le contesto - ¿dónde ha estado todo el rato? - ¡aquí, de pie! Le pregunto al camarero y el hombre afirmo con la cabeza al mismo tiempo que el tren pitaba estrepitosamente.
Estaban entrando en la estación de Chamartín, el revisor la miró diciéndole - ¡ya no puedo cobrar nada, hemos llegado y usted ha ido a pie firme todo el tiempo! Río fuerte, dio media vuelta y se marcho, el tren estaba parando en el andén. Se abrieron las puertas, bajó. Estaban esperándola con los brazos abiertos iba a encontrarse con su gran amor. El frío del invierno se torno en dulce primavera.

Higorca