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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

miércoles, 4 de julio de 2012

RODEADOS DE AGUA

Acuarela: Higorca Gómez


El hombre solamente hablaba sueco, o quizás ¿era finlandés? De lo que si estaba segura era de una cosa. No hablaba nada de español.
Apoyado sobre un árbol no pasaba desapercibido. Su alta figura y su pelo rubio delataban su procedencia. Su piel era demasiado blanca. Aunque ahora estaba enrojecida. Había estado al sol, seguramente en la playa del embarcadero. Era un punto crucial para todos aquellos que venían de los países nórdicos. Nadaban muy bien y en esa playa podían hacerlo sin problema, había bastante calado y no encontraban muchas rocas.
Disfrutaban tirándose desde arriba, sabían bien que solamente les esperaba el agua y eso les daba confianza, hacían unos “largos” y de nuevo subían para estar al sol y hablar.
A ellos les gustaba ese tipo de reuniones, la cerveza corría como si de agua se tratase. Comprensible, hacía mucho calor. No estaban acostumbrados al clima español. Eso les agotaba, les daba una terrible sed. En vez de beber agua, cogían la botella y casi de un trago se la bebían, sin comprender que el calor de aquí era diferente y tanto alcohol les hacía tambalearse. Las borracheras eran seguras y era entonces cuando caían al agua, o se quedaban acostados sobre aquel mismo lugar. Dormían tanto que a veces no despertaban hasta que el sol del día siguiente les quemaba de nuevo. Seguramente una triste manera de diversión.
Algunas chicas visitaban el lugar, se divertían con aquellos “suecos” o “finlandeses”, no sé si ellas sabían en realidad de dónde eran. No hablaban el mismo idioma, pero claro, para el amor no hacen falta palabras. Con gestos hay suficiente y todos eran jóvenes, fogosos y lo más importante llenos de vida, de ilusión, sin pensar en las consecuencias que les podía acarrear.
Aquella tarde el calor se hizo insoportable, el sol quemaba y parecía que no pasaban las horas. Las chicas con sus cortos y ajustados pantalones, las camisas atadas por debajo de los pechos y tocadas con unos coquetos sombreros llegaron hasta donde estaban los rubios jóvenes.
Allí estaban, cerca del quiosco donde vendían las frescas cervezas, saludaron y se sentaron junto a ellos. Les ofrecieron una de aquellas bebidas. Estaba fría, quizás demasiado. Después de beber apostaron quien se tiraba antes y nadaba más rato. Ellas se quedaron en biquini dispuestas a tirarse al agua. El primero en lanzarse fue aquel sueco, o finlandés alto y rubio.
Cuando la primera de las chicas se iba a tirar, miro algo que flotaba, vio que era el chico, seguramente estaba gastando una broma, se hacía el “muerto” flotaba muy bien. Ella se sumergió y al llegar a la altura donde el amigo estaba vio que tenía los ojos abiertos, lo movió con fuerza.
Ya no hacía falta nada, grito con todas sus fuerzas mientras se acercaba hasta las piedras que la conducirían arriba. Extenuada siguió gritando. Los otros muchachos también se habían lanzado al agua, cogieron el cuerpo  para sacarlo del agua.
Nadie acudía a su llamada, estaban tristes, desesperados, no sabían qué hacer. Habían llamado por teléfono a emergencias y estaban tardando mucho. Por fin vieron como una ambulancia llegaba. El médico después de advertir que nada se podía hacer, ordeno que se llevaran el cuerpo.
Cuando le hicieron la autopsia descubrieron que había sido por beber tanta cerveza fría y chocar su cuerpo en el agua. La mar de nuevo se había cobrado otra  víctima, quizás esta vez sin tener toda la culpa. 

Higorca