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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

jueves, 25 de octubre de 2012

UN PASEO POR GRANADA

                                              José Higueras, Higorca, al fondo La Alhambra
                                                            José, Higorca en un rincón romantico          
Mara, nuestra amiga granadina, José Higueras, Higorca



Me adentro en Granada y veo los jardines con rosales todavía en flor. Viene a mi memoria una leyenda que más bien podría parecer un romancero gitano.

Dicen que pelean
los Garabos y Pirranganos,
porque en la plaza de toros
dos guapas morenas esperan.

Camino lentamente, saborear cada rincón y aunque rápido me gusta pasar por la Cartuja, esta vez es por la parte de atrás miro atentamente las paredes amuralladas, y viene a mi memoria un pintor, el nombre de un toledano que sin pretenderlo fue un grande del pincel ¿o si le gustaba su oficio? No pinto muchos cuadros ¿o sí? los que yo conozco son unos pocos bodegones. Naturalezas muertas ¿Por qué decir eso, cuando un bodegón está lleno de vida?
Claro que si entro a esa hermosa Cartuja granadina, me encuentro una sala llena de cuadros, en todos ellos frailes pintados. Miro bien las caras, y… me sorprende que todos, absolutamente todos tienen la misma cara -¿Quién es el autor? – el mismo de los bodegones encontrados y que ahora deben de estar por el Museo del Prado. Nada menos que Cotán, Juan Sanchez Cotan, nacido en Orgaz, un pequeño pueblo de la provincia de Toledo.
Dice la historia que era un pintor ya con renombre. Un día decide que quiere ser fraile cartujo, más bien hermano lego por aquello de la edad y los estudios. Así fue como llego hasta Granada, haciendo una importante obra sobre los cartujos.
Sigo mi paseo recordando todo lo que veo a mi paso. De pronto noto unas cosquillas en el estómago, este me pide algo. Miro el reloj, es buena hora para merendar. Estoy un poco lejos pero vale la pena llegar.
Voy hasta la plaza Bib-rambla, allí están los mejores churros  y un excelente chocolate. Un placer de merienda. No he podido terminar la ración, ¡era inmensa! estoy un rato mirando el ir y venir de tanta gente como pasa alguna se queda para saborear ese rico manjar. Otras siguen dirección a la catedral, y otros seguramente ya vuelven de ella. Es un lugar mágico, al entrar los pelos se erizan, siento el magnetismo de tanta historia como hay en ella.
Debo subir hasta el Albaicin e instalarme para poder seguir con mi paseo por esta bella ciudad. Hace un tiempo extraordinario que no se puede desperdiciar.
Ya estoy instalada, tengo tiempo de un buen baño, engalanarme para salir a cenar. A cenar… y escuchar al mismo tiempo un “concierto” de flamenco en los Jardines de Zoraya. Delante de un buen plato de exquisito jamón de Trevelez y una copa de rica manzanilla.
Se dejan ver las estrellas, creo que hasta el cielo es distinto, siento un escalofrío… no, seguro que no es de frío. Quizás es que siento dentro de mi la Andalucía.  ¡Al-Andalus, toda la civilización nazarí!.
Miro a través de mi ventana y veo que el sol ya ha salido hace un buen rato. Siento hambre. El aire de la sierra granadina abre el apetito.
Ya estoy dispuesta para caminar por todo el Albaycin y Sacromonte, dejaré la Alhambra para otro día. Mis zapatos son cómodos, los necesito así para poder andar y pisar esas piedras llenas de historia, con tantos siglos sobre ellas ¿qué dirían si pudieran hablar? Seguramente contarían miles de historias de amor.
De princesas y reyes, sultanes que enamoraban a gitanas de pelo negro y rizado, de ojos verdes y grandes, de piel morena. Gitanas del Sacromonte que bailaban al son de las citaras, liras, y guitarras. De miles de mestizajes que elevaron todo el reino de Granada.
Calles que bajan y otras que suben. Callejuelas que apenas da el sol pero que cuelgan miles de plantas de sus balcones, desprendiendo aromas a jazmín, a galán de noche, y suave azahar, envuelto en rabiosos colores de geranios cuajados de flor.
Mientras camino miro las piedras que en su día pusieron otras civilizaciones, las veo igual que la última vez que estuve paseando por aquí.
Me admira el buen trabajo realizado, con su “canaleta” en el centro para que el agua corra y no se encharque el resto, me dirijo hasta San Nicolas. Buenas tapas, manzanilla y cante con palmeros, luego poder admirar desde el mirador la bellísima señora que vela los montes, ese palacio moro y cristiano.
Bajo por detrás y me encuentro con la plaza larga, ya están desmontando los “puestos” de venta: ropa, rica fruta de la vega, o de ese rincón con clima tropical que tanto nos deleita y que se deja acariciar por el mar.
Mientras me asomo al balcón del Huerto de Juan Ranas para admirar esa belleza de La Alhambra, y el palacio de Carlos V, siento en mi un chispazo y escucho las notas de una guitarra y la voz sin igual de un granaino ilustre; Enrique Morente cantando a esa tierra suya, con sentimiento y desgarro.
Voy a parar al bar Casa Torcuato, saboreando una buena tortilla Sacromonte y ¿otra manzanilla? Parece que estoy bien, no me he mareado. Después una buena ración de fritura de pescado. Exquisito. ¡Ya he comido! Granada y su tapeo. La terraza de este bar siempre está llena, se puede ver gente de todas las nacionalidades, también lugareños que van a pasar un rato.
No puedo olvidar tantos artistas como esta tierra ha dado, pero hay uno que admiro profundamente, sus letras, sus poemas, sus ensayos ¿qué hicieron con él? Federico tu tierra te ama, mamaste de ella por eso al escribir dejaste su estela y tu huella.
Entre cantes, riñas y motes; entre Garabos y Pirranganos, gitanos y payos, voy caminando, pisando las piedras de mis antepasados. Escucho canciones y oigo poemas. Guitarras, citaras, mandurrias y violines. Música que llena y acompaña la manzanilla y quita los sentíos y  las penas.
¡Ay Granada! ¡Granada de mi alma! Llevarte conmigo quisiera, bajar a la vega, subir hasta la Alhambra, pasar por el Albayzin, para llegar hasta las cuevas del Sacromonte gitano.

Higorca


jueves, 4 de octubre de 2012

¿CÓMO LOGRAR LA PAZ?

Acuarela: Higorca Gómez



Soñaba y mi sueño era tan hermoso que al despertar me encontré con el más inhóspito “despeñadero”.
¡Voy a contar mi sueño! y pensar que se puede realizar.
Voy equipada para recorrer el mundo, llevo una mochila colgada a la espalda. Una mochila enorme. En la mano izquierda una bandera blanca.
Despacio recorro países, hablo, saludo, sonrío a cada uno que me encuentro. Me siento a su lado, y mientras, escucho atentamente sus problemas ¿Quién no tiene problemas? El rico por ser rico, el pobre por eso mismo, por su pobreza.
Observo, no necesitan nada material, solamente eso ¡ser escuchado! ¡Qué importante es que nos escuchen!
Sobre todo a esas personas mayores que en su soledad piensan en demasía, y a veces su tristeza es infinita, ellos dicen.
Dicen ¡¡¡hijos, venid, recordar, la soledad no es buena!!! Pero ellos no escuchan, no recuerdan que tienen padres y que son mayores. Les pueden las riquezas, y con ellos cerca es imposible atesorar
Sigo andando, viendo y escuchando las miserias que a mi paso encuentro.
Me hablan de guerras. De bombas, de minas escondidas en la tierra, por dónde pisan los niños, dónde a veces juegan, pensando que son otra cosa ¡Seguramente no han tenido ocasión de ver un juguete!
Las voy recogiendo y las hecho en mi mochila que tiene un gran agujero. Voy dejando un reguero de rosas, jazmines, margaritas y humildes violetas, hasta el cielo sube un dulce aroma, y el aíre levanta los miles de pétalos que juegan y juegan mientras cantan y trinan los alegres pajarillos al mismo tiempo que tejen una endiablada danza las mariposas de mil colores que transforman los cielos, la tierra… La vida en sí se transforma y todo vuelve a sonreír. Se oyen voces de niños y dedos señalando tan alegre festín.
Sigo caminando y recogiendo con mis manos toda clase de terribles armas, y sigo metiendo en la mochila todo el dolor que produce, el odio, el rencor, la envidia…
Sigo soñando, no quiero despertar, porque lo más bonito está por llegar.
¡Miro para atrás! y en el suelo cada pétalo se transforma en pan, dulces, chocolate y bombones, en toda clase de comida para poder alimentar esos frágiles cuerpos de tantos y tantos humanos que están muriendo de hambre.
Con mi bandera blanca toco los resecos campos, los deshidratados ríos y es como una varita mágica, empieza a correr el agua. Todos beben de ella, es como una gran fiesta.
Ya no camino, bailo y al mismo tiempo voy trazando espacios, pantanos donde poder aprovechar cada una de las gotas. Simplemente esas gotas que recogen las hojas al caer la noche, y que al amanecer resbalan con cautela para luego verlas correr por esas venas que cubren la tierra y que son los ríos y canales.
Todo ello serviría para alimentar y saciar la terrible enfermedad del hambre y la sed que al parecer no importa a todos aquellos que tienen el estómago lleno de buenos alimentos y mejores bebidas sin importar lo más mínimo los que famélicos mueren a diario porque alrededor de ellos solamente encuentran bombas, hambre y miseria, dolor y tristeza.
Quiero volar muy alto y llegar hasta lo más profundo de las gargantas, abrir mi mochila y tocar con mi bandera blanca.
No quiero palabras, ni mítines, ni nada. Quiero decir con voz muy alta, paz a todos y para todos. ¡Que no existan las armas! Todo es mentira cuando nos dicen que desaparecen las fábricas. Que los políticos callen sus bocas, que trabajen en silencio para mejorar el mundo, que no engañen, que cosan sus bolsillos para que no entre lo que no es suyo. Que recuerden a los niños sin importar el color, ni la raza. Al final todos somos iguales.
Blanco es el fondo del ojo que nos iguala.
Enarbolo mi bandera blanca que es la única que a todos abraza.

Higorca