Sobre la dorada arena besada
por las olas de un azul turquesa del Mediterráneo, una agrupación de argentinos
celebra una fiesta. Su fiesta, para festejar los años que llevan pisando esta
tierra malagueña.
Me encuentro con ellos
descubriendo un poco más de su carácter, de su cultura, de su forma, de su
música y de su gastronomía.
Me gusta todo de ellos. Me
siento como una más de la tierra hermana. El lugar estaba lleno, no cabía ni un
“alfiler”, todos con una misma ilusión, pasar una jornada de hermandad argentina.
Al mismo tiempo un gesto de
mucha generosidad. El fin, una colecta para una pequeña discapacitada, algo muy
hermoso.
Mirar en dirección al cielo
y ver las dos banderas unidas me hacía estremecer y recordar a tantos y tantos
amigos que tengo al otro lado del “charco”, mezclado con el fuerte rugir de las
olas de un mar embravecido era como recibir el abrazo venido de la lejanía. De
una lejanía palpable todos los días en unas páginas virtuales o bien por un pequeño
aparato de técnicas modernas.
Empieza la fiesta con el
himno a la hermosa tierra Argentina. Todos en pie, algunos con la voz rota
quizá por el recuerdo de aquellos que quedaron allá en el otro lado del inmenso
océano.
Y por fin roto el momento
primero llega la fiesta, las canciones, el saborear la buena cocina, la música
del bandoneón, el rasgar de la guitarra, la voz rota del tanguero.
Tangos, milongas, canciones
típicas de Córdoba, de Rosario, de Buenos Aires…
Lágrimas y fiesta, música y
baile, la pareja marcando un apretado tango de arrabal mientras saboreamos unas
deliciosas empanadas criollas, buena carne asada, chorizo entre pan y pan ¡un
buen bocadillo! Todo exquisito, alfajores de dulce de leche, y tarta bañada en
esa misma delicia. Todavía me dura el sabor en la boca.
Disfruté escuchando tocar
maravillosamente un Bandoneón, en la explicación tenía una antigüedad con más
de cien años, lo acariciaban las manos de un virtuoso padre de una concertista
de guitarra, los dos fundidos dejaba entusiasmado al público que allí nos
encontrábamos, aire y cuerda flotando en el aire, todos en silencio, maravilla
de las maravillas.
Todo se hizo corto. Los
niños vendiendo papeletas para rifar una camiseta con el número 12, no podía
ser de otra forma. Su dueño un futbolista argentino afincado en las filas del
Málaga. Fernando Damián Tissone. Ídolo de los pequeños aficionados al balón.
Una jornada especial,
envuelta en olas, arena, tangos, milongas, empanadas criollas, dulce de leche,
gaviotas y palomas con dulces mensajes en sus alas para todos mis amigos que
más allá de las nubes saben que les quiero.
Higorca





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