Acuarela, Higorca Gómez
De pie en el
vagón-restaurante notaba como el expreso iba devorando los kilómetros que
separaban Zaragoza-Madrid.
Absorta en sus pensamientos,
iba recordando con una sonrisa en los labios aquel inusitado viaje.
Después de estar media hora
en la fila para poder sacar el billete, y cuando al fin le tocaba, oye como la
voz del hombre que estaba detrás de aquel pequeño redondel le decía - ¡lo
siento no quedan más billetes!
El factor debió darse cuenta
de la cara que se le quedo al oír esa frase - ¡señorita, no quedan más…! – le
gritó. Lo normal era que ella se hubiese retirado de la ventanilla pero en
realidad… no sabía qué hacer. La esperaban, sabían que iba en el expreso.
Bajo al andén. Muy pronto
escucho un silbido fuerte, miró y vio una luz que se acercaba hasta la estación
- ¡Ya está aquí! – ¡subiré y ya veremos qué pasa!
Subió, y de inmediato busco
el vagón-restaurante, y al revisor, paso de un vagón a otro hasta llegar a el.
Pidió un café, la mañana era fría y eso le reconfortaría o ¿eran los nervios?
No tenía costumbre de hacer esas cosas ¡¡ay si su padre viviera!! Le parecía
que estaba cometiendo ¿cometiendo qué? Se contestaba a sí misma - ¡espero al
revisor! -. Se tomo el café con tranquilidad, no era nada sospechoso,
simplemente llevaba un bolso de viaje y uno normal de bandolera. Saco el
monedero, pago, y se dio cuenta que
habían unas revistas sobre una rinconera.
Ese tren no paraba en todas
las estaciones, eso sí, al pasar por ellas pitaba con insistencia, realmente
por eso se daba cuenta que se iba acercando a la capital. Le extrañaba una cosa
- ¿qué raro no ha pasado el revisor? - Pregunto al camarero - ¡normalmente si
viene, pero hoy no ha llegado hasta aquí! – ¿Estamos llegando a Madrid?- ¡sí! -
contesto ¡quedan dos estaciones!
Durante el trayecto había
bebido bastante agua, nunca había sentido la sensación de sequedad en la boca -
¡parece que me sube del estómago! ¡qué nervios! Le dolían las piernas - ¿podré
andar cuando llegue?
Se abrió la puerta del
vagón, pero en realidad durante todo el trayecto se había abierto, y no era la
persona que se esperaba. En aquella ocasión, si era, el revisor estaba allí, se
puso en la barra y pidió un café. Ella se acerco y con voz temblorosa le dijo -
¡por favor, necesitaba hablar con usted, he subido en Zaragoza sin billete! –
le explicó la verdad mientras pensaba - ¡ahora que ya estamos en Madrid voy a
tener que pagar doble billete! ¡vaya fastidio!
El revisor con toda
naturalidad y muy amable le contesto - ¿dónde ha estado todo el rato? - ¡aquí,
de pie! Le pregunto al camarero y el hombre afirmo con la cabeza al mismo
tiempo que el tren pitaba estrepitosamente.
Estaban entrando en la
estación de Chamartín, el revisor la miró diciéndole - ¡ya no puedo cobrar
nada, hemos llegado y usted ha ido a pie firme todo el tiempo! Río fuerte, dio
media vuelta y se marcho, el tren estaba parando en el andén. Se abrieron las
puertas, bajó. Estaban esperándola con los brazos abiertos iba a encontrarse
con su gran amor. El frío del invierno se torno en dulce primavera.
Higorca

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