Acuarela de Higorca Gómez
Las tardes veraniegas
son una delicia para sentarse sobre una roca y al mismo tiempo que nos
refrescamos con la brisa del mar podemos contemplar los mil colores de un cielo
único que nos hace soñar.
El mar, la mar esta
serena, tiene un precioso color plata y sobre el se puede ver una bola con un
rojo excepcional.
De vez en cuando me
llega una pequeña ráfaga de aire acompañada de unas pequeñas gotas de agua con
sabor salado. No me limpio, dejo que resbalen lentamente por mi cuello.
Me doy la vuelta y miro
toda la arena que me rodea. Fina, dorada, y cuando la mueve el viento cambia de
color ¿qué color tiene? No se definir, roja, marrón…
Entorno los ojos y
pienso en los grandes desiertos, sobre todo en el que más cerca tenemos, el de
Sahara. Arena y dunas, poca agua y campos de refugiados dónde se apilan las
jaimas esperando que algún día sus habitantes puedan volver a sus casas, a sus
hogares.
Supervivientes de una
guerra provocada por lo que tantas veces
hemos traído a estas páginas y que en un principio iba a durar seis días, y
todavía no hemos visto el final.
Cuarenta largos años de
un exilio forzado como siempre.
Jóvenes sin trabajo, familias que no saben cómo ni de qué forma llegar para poder comer. Con mil
carencias.
Y todo sigue en un
profundo silencio. Todos callamos y sabemos que es el mismo problema de siempre
¡la
corrupción! Así año, tras año…
Al mismo tiempo que el
ruido de las olas me parece escuchar unos pequeños gritos y risas. Me vuelvo y
veo un grupo de niños sus ojos se graban en mí, grandes, vivos, alegres, curiosos,
tanto que parecen despedir unas chispitas doradas. Su pelo negro, rizado, al
igual que su tez oscura me da a entender que no son de la Península.
¡Son los niños
Saharauis! Quizás unos niños que durante un tiempo
son privilegiados. Cada año nos visitan, niños que viven normalmente en campos
de refugiados. Han nacido en esos lugares entre jaimas, arena y dunas, están
acostumbrados a vivir con la falta de mil cosas, entre ellas el agua. Algo tan
imprescindible como eso.
El verano es la
libertad, una libertad tan deseada por el ser humano dónde poder volar, correr
por un mundo totalmente distinto al suyo.
Se quedan estupefactos
al ver como de una manera tan sencilla cae el agua por un “pequeño tubo”
¡algo
magistral para ellos!
Lavarse con la misma
libertad como es el correr, sin pensar que se pueden quedar sin ese liquido y
que después van a tener que ir a buscar hasta un pozo o algo parecido que lo
más seguro tengan que andar unos cuantos kilómetros.
Desde hace muchos años llegan
hasta nosotros. Alguna vez me he preguntado ¿de quién partió la idea y por
qué? Seguramente se sentían culpables de su situación y quisieron
paliar de esta forma tanto dolor.
Atenuar suavemente el gran
horror que llevaron a cabo.
Pero siempre tenemos
que dar gracias y mirar todo lo positivo de las cosas. Es mucho que agradecer y
los españoles tenemos mucho de solidarios.
Un grupo de matrimonios
los acogen como padres del verano. Una buena, muy buena labor. Alguno repite y
viene más de una vez, siempre con esos mismos “padres”, hasta el punto que se
acostumbran a ellos y se les hace largo el resto del año.
Los veteranos ayudan a
los que vienen el primer año que miran todo con máxima curiosidad sobre todo
porque no entienden todavía el idioma y alguna vez desconfían hasta que no lo conocen bien…
Y… abren el frigorífico
“dentro hay cosas para comer” les da miedo coger no están acostumbrados a todo
ese tipo de “artilugios nuestros”.
La primera vez que
visitan un médico, un dentista, o van a unos grandes almacenes, sus ojos no dan
a bastó para mirar todo lo que allí encuentran.
Me parece muy bien todo lo que se haga por esa
“bendita” causa pero me llenaría mucho más que al final cada uno cediera un
poco para crear un mundo libre, como corresponde al ser humano.
De nuevo pido que la
concordia llegue hasta los políticos (y meto en el mismo saco a las Casas
Reales) para que se den cuenta de todo lo que llevan entre manos, de toda la
pobreza, del sufrimiento que existe en esos países remediándolo lo antes
posible.
También esas personas
tienen derecho a vivir de otra forma, sobre todo en unas viviendas dignas para
que sus hijos, esos niños que se están formando tengan lo necesario para
hacerse hombres de bien.
Entonces llegara la paz
en el mundo.
Higorca - Derechos Reservados

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