Óleo de Higorca Gómez
Cuando
llegan estos días brota en mi una fecha, once de marzo de aquel 2004.
No
hace falta bucear mucho en la memoria para sentir todavía hoy la punzada en el
corazón. Recuerdo que me despertó una brutal noticia. No sabía si en realidad
estaba soñando o si ya me había despejado y al escuchar todo lo que estaba
pasando tenía un terrible ataque de pánico.
¡Hay
fechas que no se pueden olvidar! Todo alrededor de nosotros, aún estando lejos
olía a muerte, a sangre, a dolor, a hierros retorcidos, a llanto y desconsuelo.
¿Quién
había hecho aquello? Era imposible de controlar. Las noticias que llegaban cada
vez eran peor. Había explotado un tren, otro y otro más tarde, en distintos
sitios pero casi a la vez. Creo que todos los españoles estábamos con la oreja
pegada a la radio y sin despegar la vista de la pequeña pantalla.
Creo
que mi primera intención fue salir corriendo, pero… ¿a dónde iba? ¿en que podía
ayudar yo? Si solamente de pensarlo estaba desarmada.
¡Qué
tristeza Dios mío! ¡Y al mismo tiempo que impotencia! No me atreví a preparar
el desayuno, de pronto había desaparecido el hambre mañanero, tan pronto sentía
escalofríos, como una calor agonizante ¿Qué estaría pasando por aquellos
lugares? No podía quitarme de la cabeza a las pobres familias. Como una autómata
cogí el teléfono y me puse a llamar a todos los amigos que más o menos sabía que
tenían que ir a Madrid temprano y también aquellos que vivían por allí.
¡Gracias
a Dios no les había pasado nada! Madrid era un caos, sirenas de ambulancias,
coches pitando con pañuelos en las ventanillas, gritos y más gritos, llantos y
más llantos.
También
he pensado muchas veces en el once de septiembre en Nueva York cuando veíamos
caer las torres y gritando pregunte ¿han cambiado la hora del telediario? Mire
el reloj y fue entonces cuando escuche la voz conocida de la comunicadora. Fue
el mismo pánico, el mismo dolor.
Me
pregunto tantas veces ¿Por qué tienen el alma tan dura? ¿Qué fanatismo les
induce a esos actos? ¿Por qué no piensan en sus familias antes de cometer
semejantes crímenes? No obtengo respuestas ¿cómo las voy a tener si seguramente
ellos están adiestrados para eso? ¿Será que les dejan el cerebro vació? ¡No
encuentro explicación!
Quiero
gritar fuerte y no puedo, también me pasó ese día, era imposible. Es difícil
que me escuchen pero quiero gritar mil veces ¡¡basta ya!!
Calmemos
nuestras ansias de poder, porque todo eso es simplemente; ansías de querer ser
más que nadie. Querer estar por encima de todos. Sembrando el dolor, la tristeza.
Una buena parábola seria; la cizaña
crecerá por encima del resto, hasta ahogar la buena siembra.
Mi
sentimiento y mi cariño para todas las familias que ya no pueden recibir los
besos de aquellos que se fueron.
Higorca

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