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| Acuarela: Higorca Gómez |
El hombre solamente hablaba sueco, o quizás
¿era finlandés? De lo que si estaba segura era de una cosa. No hablaba nada de
español.
Apoyado sobre un árbol no pasaba
desapercibido. Su alta figura y su pelo rubio delataban su procedencia. Su piel
era demasiado blanca. Aunque ahora estaba enrojecida. Había estado al sol,
seguramente en la playa del embarcadero. Era un punto crucial para todos
aquellos que venían de los países nórdicos. Nadaban muy bien y en esa playa
podían hacerlo sin problema, había bastante calado y no encontraban muchas
rocas.
Disfrutaban tirándose desde arriba, sabían
bien que solamente les esperaba el agua y eso les daba confianza, hacían unos “largos”
y de nuevo subían para estar al sol y hablar.
A ellos les gustaba ese tipo de reuniones, la
cerveza corría como si de agua se tratase. Comprensible, hacía mucho calor. No estaban
acostumbrados al clima español. Eso les agotaba, les daba una terrible sed. En
vez de beber agua, cogían la botella y casi de un trago se la bebían, sin
comprender que el calor de aquí era diferente y tanto alcohol les hacía
tambalearse. Las borracheras eran seguras y era entonces cuando caían al agua,
o se quedaban acostados sobre aquel mismo lugar. Dormían tanto que a veces no
despertaban hasta que el sol del día siguiente les quemaba de nuevo. Seguramente
una triste manera de diversión.
Algunas chicas visitaban el lugar, se
divertían con aquellos “suecos” o “finlandeses”, no sé si ellas sabían en realidad
de dónde eran. No hablaban el mismo idioma, pero claro, para el amor no hacen
falta palabras. Con gestos hay suficiente y todos eran jóvenes, fogosos y lo
más importante llenos de vida, de ilusión, sin pensar en las consecuencias que
les podía acarrear.
Aquella tarde el calor se hizo insoportable,
el sol quemaba y parecía que no pasaban las horas. Las chicas con sus cortos y
ajustados pantalones, las camisas atadas por debajo de los pechos y tocadas con
unos coquetos sombreros llegaron hasta donde estaban los rubios jóvenes.
Allí estaban, cerca del quiosco donde vendían
las frescas cervezas, saludaron y se sentaron junto a ellos. Les ofrecieron una
de aquellas bebidas. Estaba fría, quizás demasiado. Después de beber apostaron
quien se tiraba antes y nadaba más rato. Ellas se quedaron en biquini dispuestas
a tirarse al agua. El primero en lanzarse fue aquel sueco, o finlandés alto y
rubio.
Cuando la primera de las chicas se iba a
tirar, miro algo que flotaba, vio que era el chico, seguramente estaba gastando
una broma, se hacía el “muerto” flotaba muy bien. Ella se sumergió y al llegar
a la altura donde el amigo estaba vio que tenía los ojos abiertos, lo movió con
fuerza.
Ya no hacía falta nada, grito con todas sus
fuerzas mientras se acercaba hasta las piedras que la conducirían arriba. Extenuada
siguió gritando. Los otros muchachos también se habían lanzado al agua, cogieron
el cuerpo para sacarlo del agua.
Nadie acudía a su llamada, estaban tristes,
desesperados, no sabían qué hacer. Habían llamado por teléfono a emergencias y
estaban tardando mucho. Por fin vieron como una ambulancia llegaba. El médico después
de advertir que nada se podía hacer, ordeno que se llevaran el cuerpo.
Cuando le hicieron la autopsia descubrieron
que había sido por beber tanta cerveza fría y chocar su cuerpo en el agua. La mar
de nuevo se había cobrado otra víctima,
quizás esta vez sin tener toda la culpa.
Higorca

1 comentario:
Lindo cuento, aunque triste.
Gracias por publicar. Besos.
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