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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

martes, 11 de diciembre de 2012

NOCHEBUENA

Dibujo a plumilla y tinta china. Autora, Higorca


Hacía frío, mucho frío. La noche estaba oscura, y, al mismo tiempo el cielo estaba plagado de brillantes estrellas. Parecían miles de lucecitas que se encendían y se apagaban para anunciar una buena nueva.
En la plaza del pequeño pueblo había un enorme abeto adornado con miles de luces de colores, cuando unas se apagaban otras se encendían. Unas veces verdes, otras rojas y blancas. Era una combinación perfecta. Como si las estrellas se hubiesen puesto de acuerdo.
A lo lejos se podía escuchar el sonido de una zambomba y una guitarra, al mismo tiempo que alguien cantaba con fuerza un villancico. Era un veinticuatro de diciembre. Nochebuena.
No se veía a nadie por la calle, aunque de vez en cuando alguien gritaba o iba de un lugar a otro con una botella de anís vacía y una cuchara de palo para hacerla sonar, para pedir el aguinaldo. Casi todos estaban en sus casas preparando la mesa para cenar.
El pavo, o el besugo estaba preparado en el horno para después de una buena lombarda o unos cardos bien hechos, “devorarlo”, para terminar con turrones, cava y toda clase de dulces de rico mazapán.
Los niños de la casa estaban deseando que terminara la cena para pegarle fuerte al pobre “tió”. Le habían puesto de comer todos los días y sobre todo habían hecho los deberes y se habían portado bien. Entonces no tenían miedo el tronco les “cagaría” muchos caramelos y golosinas.
De pronto sonó la campanilla de la puerta, era tarde ¿Quién podía ser? Abrieron y no vieron a nadie ¡qué raro! Salieron para mirar si alguien se había escondido, era noche de bromas. Tampoco se veía a nadie. Cerraron, hacía mucho frío para dejar la puerta abierta.
Estaban sacando las “viandas” del horno. De nuevo sonó el timbre.
Otra vez abrieron la puerta, no había nadie - ¡qué raro es todo esto! - Dijo la dueña de la casa - ¡llaman a la puerta y no hay nadie! voy a salir a ver si se esconden.
Al lado del árbol pudo ver una cosa que se movía, fue hasta ello para ver que era, o si alguien necesitaba ayuda. Vio que era un niño, estaba tiritando, las lágrimas se le habían congelado en la cara que llevaba algo sucia.
La mujer le pregunto - ¿has sido tú el que ha llamado a la puerta? - El pequeño movió la cabeza negando, la miraba con miedo, temblaba y los dientes le castañeteaban - ¿te has perdido? ¿dónde está tu mamá? – el niño solamente movía la cabeza en señal de negativa. Por fin hablo despacio, le temblaba la voz.
-       No tengo a nadie, mi mamá se ha muerto hace pocos días y tengo miedo, frío, hambre – al mismo tiempo que hablaba, lloraba y temblaba era difícil entender al pequeño - ¿qué hacer con él?
No lo pensó lo cogió de la mano y lo entró en la casa, lo miró bien, no iba sucio, todo aquello le parecía raro pero… le condujo hasta el baño; le  lavo la cara y las manos, -  es muy guapo, - pensó, miró la ropa que llevaba puesta, le dijo que se esperara mientras iba a coger ropa de su hijo, lo puso todo limpio y lo llevó hasta el comedor.
Todos miraron sorprendidos al muchacho ¿Quién era? Las preguntas se agolparon en las gargantas de todos los que se encontraban allí.
Le buscaron un sitio en la mesa, al lado de los niños. Estaban contentos, después de cenar, harían “cagar al tió” y después jugarían un rato, seguro que estando el niño “nuevo”, la mamá les dejaría más rato.
Todo era alegría en la mesa, los niños ponían la nota de jolgorio y griterío, era Navidad. Terminaron de cenar y los pequeños se fueron al baño, tenían que lavarse las manos, estar guapos para recibir los regalos del tió.
Todo estaba preparado, cada niño con el bastón y la garganta clara para cantarle al pobre tronco. Estaban nerviosos, se les notaba, esperaban muchas golosinas ¡el tronco no podía traer nada más era pobre! Ellos se conformaban con esas “chuches”, los Reyes Magos eran los que traían los juguetes.
Aunque en su interior pensaban que a lo mejor…
Salieron todos en tropel, llenos de energía, se pusieron delante del tronco, con el bastón en alto dispuestos a cantar.
Empezaron los cantes y el “tió” dejo golosinas. Los niños locos de alegría de nuevo se escondieron. Habían acogido al pequeño como uno más, el niño reía y saltaba con ellos, los mayores los miraban - ¡mañana hablarían con la policía no podían quedárselo! Tenían una duda ¿qué pasaría?- una lágrima se escapo por la cara de aquella mujer. El niño era muy guapo, tenía una carita sonrosada y el pelo rizado más bien claro, la pregunta siempre la misma ¿Quién era?
Estaba pensando en eso cuando los niños se pusieron a gritar, saltaban y reían, los mayores se acercaron hasta aquel tronco y pudieron ver un montón de juguetes; coches, patines, cuentos, un balón, golosinas…
Todos se miraron - ¿qué ha pasado? ¿Qué era aquello? No comprendían nada.
De pronto miraron a los niños - ¿dónde está el pequeño? Busco por toda la casa, salió a la calle, miro y no encontró, no había nadie, era todo muy raro. El pequeño se había esfumado, no estaba ni la ropa, nada de nada.
Los niños estaban jugando con todos aquellos juguetes, ya era la hora de ir a dormir, se había hecho muy tarde.
Cuando llegaron a la habitación, un sobre les esperaba sobre la mesita. La mamá lo abrió ansiosa, cada vez entendía menos lo que estaba pasando.
Eran muy pocas las palabras que contenía aquel trozo de papel amarillento con un aroma especial.
Gracias por ser gente buena, seguir siempre así, estoy de vuelta, Feliz  Navidad.
Miro por la ventana y pudo ver como una estrella muy brillante se alejaba de la casa. También a ella una lágrima de nuevo asomo para correr por su bella cara.

Higorca