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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

miércoles, 18 de julio de 2012

VAGABUNDOS DESCONOCIDOS

 Dibujo con una caña y nogalina, autora: Higorca



El otro día, al caer la tarde mientras paseaba pude ver como los bancos de una amplia avenida, estaban ocupados.
Personas que estaban durmiendo tapados con papeles. Hombres más bien jóvenes que con barba de varios días y el pelo alborotado parecían descansar.
Como tantas otras veces, me pregunte ¿descansan, o que hacen? De pronto me vino a la mente unas imágenes de otros tiempos. Fueron unos años que vivimos en otro lugar. En una Europa que parecía próspera y sin problemas.
Pero quizás los tiempos en los que estamos y en una España “convulsa y empobrecida” ¿empobrecida? Eso lo deberíamos hablar con más tranquilidad. Ahora no es el momento.
Al ver estás personas tumbadas sobre “esas duras camas”, recordé un vagabundo que todas las noches acudía a un parque que teníamos frente a nuestra casa en el corazón de Francia.
Lo cogí como una costumbre. Todas las noches de aquel invierno, antes de cenar, me asomaba a la ventana de aquel segundo piso que me servía de “atalaya”. Le veíamos llegar. Llevaba un harapiento abrigo, el pelo largo  sucio, una larga barba, la poca cara y manos que se le podían ver, estaban negras de “mugre”. Iba  recogiendo los periódicos que encontraba a su paso, le servían para taparse el frío cruel del invierno a pie del Puy de Dome.
Los papeles debajo del brazo, en una mano una bolsa llena de “mendrugos de pan duro” también recogido por las basuras. En la otra, una botella de vino que seguramente compraba con las pocas monedas que la gente le daba.
El señor se aposentaba siempre en el mismo banco, se comía el pan duro o algún bocadillo encontrado en cualquier cubo de basura. Lo acompañaba con el vino, bebía sin parar hasta que se terminaba la botella, y, entonces se tumbaba, se tapaba, y dormía hasta la mañana siguiente.
Un día mi marido y yo hablamos un rato y al final determinamos una cosa que sería nuestro secreto.
Cuando el frío más arreciaba, le bajábamos un “taper” con sopa caliente. Se la dejábamos antes de que llegará, luego nos poníamos en el “puesto de mira” para saber lo que hacía. Fue toda una sorpresa, el primer día que lo encontró lo miraba, al cogerlo noto que estaba caliente, destapo y olía para saber que era. Debió de gustar aquel aroma caliente, de pronto abriendo la bolsa saco una cuchara y deprisa, mirando si alguien le veía tomo rápido aquel reconstituyente caldo.
Mi marido y yo nos miramos con alegría. Eso sí, siempre con el vino que era su fiel compañero.
De vez en cuando cortaba trozos de pan y los metía dentro de aquel recipiente. A la mañana siguiente encontramos el bol encima del banco, su casa, o mejor su dormitorio.
Nos acostumbramos a bajar todas las noches, eso sí, antes de que llegase. Unos día era caldo, y otros era algo diferente: lentejas, garbanzos del cocido, etc.. Siempre  le guardábamos de la misma comida nuestra del mediodía.
Una noche después de esperar mucho, aquel vagabundo no llego, ni al otro, ya no volvió. Nunca supimos si era joven o viejo, como era su cara. Su pelo largo le tapaba lo que la barba no cubría. Y a veces se tocaba con un viejo sombrero, era imposible saber la edad. Nunca supo quien le ponía la cena caliente, él siempre miraba para todos los lados. Nunca llego a vernos.
Un día le preguntamos a uno de los guardas del parque si sabía algo de él. Su contestación nos dejo helados. Le había atropellado un coche al pasar una calle cerca del lugar donde él se acostaba todas las noches, preguntamos si sabía algo más.
.- ¡Sí, lo conocíamos! Era el hijo de una familia muy rica de París. Se caso y un día en el casino perdió toda su fortuna. La familia lo hecho de casa, desde entonces vagaba por toda Francia, aquí llevaba algunos años, le dejábamos dormir en el banco, no quería ir a ningún albergue, no quería que le encerraran, prefería vagar, caminar por la vida.
.- Ustedes le bajaban la cena ¿verdad?
Agachamos la cabeza y no contestamos. Nos despedimos y caminamos hasta casa, la tarde caía y el frío de la Auvernia nos decía que ya era hora de preparar la sopa.
Hoy al ver de nuevo las “camas” del paseo me ha venido a la mente la pobreza, no solo de dinero, también de mente que existe ¿Por qué alguno de estos no pueden ser hijo o familia de algún potentado que se ha quedado sin nada? Nunca debemos mirarnos el ombligo por lo que nos pueda pasar. Hoy todos vivimos de protagonismo, de querer ser más que el otro que está a mi lado ¿Por qué? ¿Cuándo hay tantas miserias humanas?

Higorca

2 comentarios:

Flor dijo...

Una triste realidad!

Un beso

Flor

Begoña de Urrutia dijo...

Una muy delicada manera de ayudar a los demás sin que estos sepan de donde llega la ayuda.
También hoy en día se están dando casos dramáticos. Que no nos falte el corazón para ayudar sin que se note.
Un abrazo muy fuerte