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UNIÓN HISPANOAMERICANA DE ESCRITORES

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LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

martes, 31 de julio de 2012

¿SOÑANDO? (Poema)

Óleo de Higorca




Piso despacio las piedras del camino
La hierba fresca besa mis pies.
Cuidado tengo con las ramas secas
Al mismo tiempo que respiro
El suave aroma de los pinos.

¿A dónde voy?

Camino siempre en línea recta
En cambio, al frente veo
una tortuosa senda
que no sé dónde me lleva.

¿A dónde voy?

Camino y camino, sin saber…
A ciencia cierta, si lejos o cerca
Solamente una cosa si noto.
Un inmenso bosque me rodea.

¿A dónde voy?

¡Cuánta belleza me rodea!
Siento correr la sangre por mis venas
Noto el aíre limpio entrar en mis pulmones
¿Será la primavera?

¿A dónde voy?

Me siento pequeña ante tanta belleza
Verdes inmensos, colores mil
Que brillan al mediodía
Al sol le dan la bienvenida.

¿A dónde voy?

Grito en el bosque
¿Quién me escucha? ¿No hay nadie?
Hadas, gnomos, entre las ramas
Pajarillos que alegres cantan.

¿A dónde voy?

Su casa es el bosque, respiran
La libertad es plena…
También yo quisiera vivir en la floresta
Ser libre de tantos buitres como acechan.


Higorca


miércoles, 18 de julio de 2012

VAGABUNDOS DESCONOCIDOS

 Dibujo con una caña y nogalina, autora: Higorca



El otro día, al caer la tarde mientras paseaba pude ver como los bancos de una amplia avenida, estaban ocupados.
Personas que estaban durmiendo tapados con papeles. Hombres más bien jóvenes que con barba de varios días y el pelo alborotado parecían descansar.
Como tantas otras veces, me pregunte ¿descansan, o que hacen? De pronto me vino a la mente unas imágenes de otros tiempos. Fueron unos años que vivimos en otro lugar. En una Europa que parecía próspera y sin problemas.
Pero quizás los tiempos en los que estamos y en una España “convulsa y empobrecida” ¿empobrecida? Eso lo deberíamos hablar con más tranquilidad. Ahora no es el momento.
Al ver estás personas tumbadas sobre “esas duras camas”, recordé un vagabundo que todas las noches acudía a un parque que teníamos frente a nuestra casa en el corazón de Francia.
Lo cogí como una costumbre. Todas las noches de aquel invierno, antes de cenar, me asomaba a la ventana de aquel segundo piso que me servía de “atalaya”. Le veíamos llegar. Llevaba un harapiento abrigo, el pelo largo  sucio, una larga barba, la poca cara y manos que se le podían ver, estaban negras de “mugre”. Iba  recogiendo los periódicos que encontraba a su paso, le servían para taparse el frío cruel del invierno a pie del Puy de Dome.
Los papeles debajo del brazo, en una mano una bolsa llena de “mendrugos de pan duro” también recogido por las basuras. En la otra, una botella de vino que seguramente compraba con las pocas monedas que la gente le daba.
El señor se aposentaba siempre en el mismo banco, se comía el pan duro o algún bocadillo encontrado en cualquier cubo de basura. Lo acompañaba con el vino, bebía sin parar hasta que se terminaba la botella, y, entonces se tumbaba, se tapaba, y dormía hasta la mañana siguiente.
Un día mi marido y yo hablamos un rato y al final determinamos una cosa que sería nuestro secreto.
Cuando el frío más arreciaba, le bajábamos un “taper” con sopa caliente. Se la dejábamos antes de que llegará, luego nos poníamos en el “puesto de mira” para saber lo que hacía. Fue toda una sorpresa, el primer día que lo encontró lo miraba, al cogerlo noto que estaba caliente, destapo y olía para saber que era. Debió de gustar aquel aroma caliente, de pronto abriendo la bolsa saco una cuchara y deprisa, mirando si alguien le veía tomo rápido aquel reconstituyente caldo.
Mi marido y yo nos miramos con alegría. Eso sí, siempre con el vino que era su fiel compañero.
De vez en cuando cortaba trozos de pan y los metía dentro de aquel recipiente. A la mañana siguiente encontramos el bol encima del banco, su casa, o mejor su dormitorio.
Nos acostumbramos a bajar todas las noches, eso sí, antes de que llegase. Unos día era caldo, y otros era algo diferente: lentejas, garbanzos del cocido, etc.. Siempre  le guardábamos de la misma comida nuestra del mediodía.
Una noche después de esperar mucho, aquel vagabundo no llego, ni al otro, ya no volvió. Nunca supimos si era joven o viejo, como era su cara. Su pelo largo le tapaba lo que la barba no cubría. Y a veces se tocaba con un viejo sombrero, era imposible saber la edad. Nunca supo quien le ponía la cena caliente, él siempre miraba para todos los lados. Nunca llego a vernos.
Un día le preguntamos a uno de los guardas del parque si sabía algo de él. Su contestación nos dejo helados. Le había atropellado un coche al pasar una calle cerca del lugar donde él se acostaba todas las noches, preguntamos si sabía algo más.
.- ¡Sí, lo conocíamos! Era el hijo de una familia muy rica de París. Se caso y un día en el casino perdió toda su fortuna. La familia lo hecho de casa, desde entonces vagaba por toda Francia, aquí llevaba algunos años, le dejábamos dormir en el banco, no quería ir a ningún albergue, no quería que le encerraran, prefería vagar, caminar por la vida.
.- Ustedes le bajaban la cena ¿verdad?
Agachamos la cabeza y no contestamos. Nos despedimos y caminamos hasta casa, la tarde caía y el frío de la Auvernia nos decía que ya era hora de preparar la sopa.
Hoy al ver de nuevo las “camas” del paseo me ha venido a la mente la pobreza, no solo de dinero, también de mente que existe ¿Por qué alguno de estos no pueden ser hijo o familia de algún potentado que se ha quedado sin nada? Nunca debemos mirarnos el ombligo por lo que nos pueda pasar. Hoy todos vivimos de protagonismo, de querer ser más que el otro que está a mi lado ¿Por qué? ¿Cuándo hay tantas miserias humanas?

Higorca

domingo, 8 de julio de 2012

VIENTO

Dibujo: Higorca




Viento, ¡llévame contigo!
Quiero conocer el mundo.
Saber dónde está la vida.
Y donde está la muerte.

Viento, ¡llévame contigo!
Quiero conocer el mundo.
Ver la dulzura de los niños.
Y la paz de los hombres.

Viento, ¡llévame contigo!
Quiero conocer el mundo
Dar vueltas como una pluma.
Y posarme cual mariposa.

Viento, ¡llévame contigo!
Quiero conocer el mundo.
Sentir en mi rostro la lluvia.
Y oler su suave y fresco aroma.

Viento, ¡llévame contigo!
Quiero conocer el mundo.
Sentir el vuelo de las aves.
Y notar en mi cara el beso del amante.

Viento, ¡llévame contigo!
Quiero conocer el mundo.
Tocar los picos más altos.
Y besar la blanca nieve.

Viento ¡llévame contigo!
Quiero conocer el mundo.
Ver con mis ojos los ricos
Y ver con mis ojos los pobres.

Viento, ¡llévame contigo!
Quiero conocer el mundo.
Curar con mis manos a enfermos
Y amar a todos los pobres.

Viento, ¡llévame contigo!
Quiero conocer al mundo.
Saber quien tiene comida
Y quienes pasan hambre.

Higorca



miércoles, 4 de julio de 2012

RODEADOS DE AGUA

Acuarela: Higorca Gómez


El hombre solamente hablaba sueco, o quizás ¿era finlandés? De lo que si estaba segura era de una cosa. No hablaba nada de español.
Apoyado sobre un árbol no pasaba desapercibido. Su alta figura y su pelo rubio delataban su procedencia. Su piel era demasiado blanca. Aunque ahora estaba enrojecida. Había estado al sol, seguramente en la playa del embarcadero. Era un punto crucial para todos aquellos que venían de los países nórdicos. Nadaban muy bien y en esa playa podían hacerlo sin problema, había bastante calado y no encontraban muchas rocas.
Disfrutaban tirándose desde arriba, sabían bien que solamente les esperaba el agua y eso les daba confianza, hacían unos “largos” y de nuevo subían para estar al sol y hablar.
A ellos les gustaba ese tipo de reuniones, la cerveza corría como si de agua se tratase. Comprensible, hacía mucho calor. No estaban acostumbrados al clima español. Eso les agotaba, les daba una terrible sed. En vez de beber agua, cogían la botella y casi de un trago se la bebían, sin comprender que el calor de aquí era diferente y tanto alcohol les hacía tambalearse. Las borracheras eran seguras y era entonces cuando caían al agua, o se quedaban acostados sobre aquel mismo lugar. Dormían tanto que a veces no despertaban hasta que el sol del día siguiente les quemaba de nuevo. Seguramente una triste manera de diversión.
Algunas chicas visitaban el lugar, se divertían con aquellos “suecos” o “finlandeses”, no sé si ellas sabían en realidad de dónde eran. No hablaban el mismo idioma, pero claro, para el amor no hacen falta palabras. Con gestos hay suficiente y todos eran jóvenes, fogosos y lo más importante llenos de vida, de ilusión, sin pensar en las consecuencias que les podía acarrear.
Aquella tarde el calor se hizo insoportable, el sol quemaba y parecía que no pasaban las horas. Las chicas con sus cortos y ajustados pantalones, las camisas atadas por debajo de los pechos y tocadas con unos coquetos sombreros llegaron hasta donde estaban los rubios jóvenes.
Allí estaban, cerca del quiosco donde vendían las frescas cervezas, saludaron y se sentaron junto a ellos. Les ofrecieron una de aquellas bebidas. Estaba fría, quizás demasiado. Después de beber apostaron quien se tiraba antes y nadaba más rato. Ellas se quedaron en biquini dispuestas a tirarse al agua. El primero en lanzarse fue aquel sueco, o finlandés alto y rubio.
Cuando la primera de las chicas se iba a tirar, miro algo que flotaba, vio que era el chico, seguramente estaba gastando una broma, se hacía el “muerto” flotaba muy bien. Ella se sumergió y al llegar a la altura donde el amigo estaba vio que tenía los ojos abiertos, lo movió con fuerza.
Ya no hacía falta nada, grito con todas sus fuerzas mientras se acercaba hasta las piedras que la conducirían arriba. Extenuada siguió gritando. Los otros muchachos también se habían lanzado al agua, cogieron el cuerpo  para sacarlo del agua.
Nadie acudía a su llamada, estaban tristes, desesperados, no sabían qué hacer. Habían llamado por teléfono a emergencias y estaban tardando mucho. Por fin vieron como una ambulancia llegaba. El médico después de advertir que nada se podía hacer, ordeno que se llevaran el cuerpo.
Cuando le hicieron la autopsia descubrieron que había sido por beber tanta cerveza fría y chocar su cuerpo en el agua. La mar de nuevo se había cobrado otra  víctima, quizás esta vez sin tener toda la culpa. 

Higorca