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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

lunes, 26 de diciembre de 2011

SOÑAR

Acuarela: Higorca



Era el día 24 de diciembre. Estaba toda la familia reunida dispuestos a cenar. A devorar todas aquellas exquisiteces que habiendo pasado por la cocina estaban diciendo “cómeme”.
Entre todos habían preparada tan suculenta cena. Estaban animados y dispuestos a pasarlo bien. Era ilusionante esperar las doce de la noche, o también la llamada hora de las brujas. En ese día era todo lo contrario. Era la noche que nacía un niño en un portal. Ese Niño era Jesús.
Por esa razón todo era distinto, lleno de ilusión, de magia. Donde reinaba la alegría, la felicidad.
Entre tanta gente una mujer miraba sin ver. Su mirada perdida dejaba entrever que estaba pensando en otros años. En otro lugar muy distinto del que ahora se encontraba.
Miró sobre la mesa. Había muchas cosas y en cambio a ella le faltaba algo. Y recordó sus años de niña, de adolescente.
Recordó su lugar de nacimiento, la “gente” con la que ella vivía: sus padres, sus abuelos, sus hermanos.
Y sobre todo la ilusión de aquellos años por preparar la Navidad. Su padre preparaba todas las figuras del nacimiento: el río, el puente, el portal, la estrella y aquellas magnificas montañas de corcho. Cada año el mismo ritual.
El árbol, iban a comprar un abeto, lo cogían con raíces, luego, cuando pasaban las fiestas lo transportaban para volver a plantar.
¿Cuántas veces se había preguntado si era verdad que vivían? Le hubiera gustado visitar aquellos sitios donde los dejaban todos los años. ¡Era mejor no saber nada!
Sobre la mesa: la sangría que su padre con cariño preparaba unos días antes. Y algo que a él le gustaba con locura. Sus angulas. Ella no podía ni verlas, le parecían gusanitos ¿qué cosas de pensar tenía?
Era tantas cosas y tan distintas. Había momentos en que las añoraba, pero la ley de vida era así. Unos se iban para que pudieran nacer otros.
Aquella noche también recordaba a todos los suyos que ya se fueron. De toda su familia solamente ella quedaba y allí estaba en una mesa distinta, en un lugar casi desconocido.
Terminaron de cenar: de comer los turrones, los barquillos y bombones. De brindar con aquel espumoso cava. Unas burbujas doradas que al beber saltaban unas chispitas que besaban la cara ¡era un placer!
Los niños se levantaron y la algarabía empezó: gritos, saltos, villancicos, la zambomba sonaba con fuerza. Otro de aquellos chicos pidió
-      ¿Dónde esta la pandereta?
Los hombres fueron a buscar al “caga-tío”
-      ¡A coger los bastones! Y los niños buscaban las garrotas que estaban metidas en  aquel bastonero antiguo de la abuela, con ellas les pegaban fuerte para que el pobre tronco “cagara” pequeñas chucherías.
¡Ya se habían encargado los pequeños de la casa en llevarle mucha comida!
Aquello era lo más divertido de la Nochebuena. Todavía conseguía ilusionarla todos los años, y, eso que ya no era una niña ¡no! Ni mucho menos, pero era tan bonito ver la inocencia de aquellos pequeños. La misma que ella tenía.
Claro que la ilusión no debe perderse nunca, cuando eso llegue todo ha terminado.
Es Navidad y los cuentos se hacen muchas veces realidad.

Higorca