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UNIÓN HISPANOAMERICANA DE ESCRITORES

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LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

sábado, 13 de agosto de 2011

EL JARDIN DE LA VIDA

Oleo, autora: Higorca Gómez
Sentados en aquellos cómodos sillones que tenían en su jardín donde tantos proyectos habían forjado, María y José descansaban, se miraban y sonreían.
En los ojos de ella, todavía conserva aquellas chispitas doradas que le daban a pesar de los años un tono de picardía, de una mirada aniñada que todo el mundo admiraba, y le daba ese toque de dulzura que los años no habían conseguido apagar.
Hoy cuando las canas cubrían sus cabezas, las arrugas surcaban sus frentes todavía hablaban con la misma ilusión de cuando llegaron a este lugar.
-      ¿Recuerdas? Cuando llegamos a esta casa, todo esto no existía, lo hemos construido con cariño, quizás por eso estos árboles han crecido tanto, es como si hubiesen querido seguir a nuestro lado para agradecer lo que les hemos dado.
Le dijo José a su esposa cogiéndole la mano con cariño, ella le sonrió y mirando a su alrededor comprobó lo que él le decía.
-      Es verdad, era desolador, llegar aquí este jardín solamente era un proyecto del mismo, los escombros tirados de cualquier manera habitaban en este lugar, era como un insulto a todos aquellos que miraban tras los cristales.
María sonrió, y su sonrisa dio a entender lo orgullosa que se sentía de haber sido ella la que más había trabajado en el.
-      Ja, ja,ja, río. Tú, y, tu palabrería, siempre pareciendo enfadado, y en cambio cuando yo proponía algo a ti te faltaba el tiempo para hacerlo corriendo, eso sí, renegando, pero lo hacías, yo te conocía muy bien y callaba, miraba de reojo, y, era entonces cuando te ponías con todo el cariño a quitar, hierba, o, a plantar cualquiera de estos gigantes que ahora nos miran agradecidos.
José, dándole una palmada en aquella mano de ella que siempre tenía cerca, la miro y muy serio le dijo:
-      Siempre me has tenido loco, has hecho de mi lo que has querido, te conocí y me cambio la vida, tu alegría, tus ganas de vivir has hecho que todo haya sido más fácil ¿Cómo no vas a dejar que crezcan estos troncos y cuando llega la primavera se llenen de hojas y nos den su fruto?
Ella lo sabía, María era su pasión, pero de la misma forma le correspondía. No podían vivir el uno sin el otro, eran el complemento perfecto.
De pronto un trinar, un canto de pájaro les hizo volver la cabeza, estaba sobre la mesa de aquel paradisiaco lugar. Sus ojos tropezaron con aquel avecilla de cuerpo pequeño, redondo, y, con un babero de un color naranja fuerte, casi rojo. Estaba quieto, inmóvil, parecía  estar esperando una palabra de aquellas personas que tenía tan cerca.
Así fue, María sin moverse pero con voz dulce le dijo;
-      ¡Hola amigo! De nuevo has vuelto a tu jardín ¿Cuántos años llevas visitándonos? Mira José quien nos visita, nuestro amigo el petirrojo, nos conoce, sí, ya sé, que tu comida no es el pan, pero te gusta ver sobre esta mesa, ese manjar remojadito para poder picar en el.
Al levantarse se dio cuenta que aquellos árboles ya estaban desnudos sus ramas, no tenían hojas, y, que aquel pajarillo había llegado, se estremeció, y arrebujándose en la toquilla que llevaba, miro a su marido y se dio cuenta que también su pelo, su barba, y aquel copioso bigote, estaba blanco, sus ojos se habían empequeñecido, pero aquellos labios que ella adoraba, que tantas veces había besado, todavía conservaban aquella tersura sonrosada, se agacho y lo beso con pasión, lo cogió de la mano con fuerza y:
-      Vamos José, ha llegado el invierno pero todavía estamos vivos, vamos a buscar el pan sobrante, han llegado nuestros amigos, no podemos defraudarles, vamos a seguir con nuestro trabajo, que el sol nos acompañara hasta que llegue la próxima primavera.
Cogidos de la mano como  siempre entraron en su casa donde les esperaba su gata, que por no ser menos era tan vieja como ellos pero seguía fiel a su lado, quizás esperando una vez más que el calor del aún lejano verano les diera un poco de calor. La gata miro a través de los cristales de la ventana y al ver al pájaro se puso en pie, con las orejas tiesas, como preparada para tirarse sobre su presa, pero simplemente de su vieja garganta pudo salir un tremendo maullido, luego, de nuevo se hecho sobre el respaldo del sofá, su atalaya, su lugar, su punto donde podía ver todo lo que pasaba en aquel delicioso lugar.