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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

jueves, 26 de mayo de 2011

HISTORIA DE UNA MORERA

El tronco de la morera, cogido desde mi terraza 

La morera uniendo sus ramas con otros árboles de mi jardín 

La puerta de mi casa, la morera                                                    

Mi jardín,  el rincón del estanque


Siempre me ha gustado ver crecer las plantas. Comprarlas, o, adoptarlas, chiquititas, para ayudarlas con cariño a crecer: verdes y lozanas. Cuando llegamos a esta casa el jardín era un campo de escombros; escombros que los albañiles habían dejado, menos tierra, de todo. Así que nos tocó plantar: árboles, flores, y, arbustos.
Casi todos los días al mediodía, me gusta pasear por el, recordar lo pequeño que era todo y lo enorme y altos que esta todo. Si es en primavera, de paso aprovechar para limpiar. Aquel día, sin saber cómo, me di cuenta que entre los arbustos y las flores, una rama muy fina sobresalía del resto, la mire bien, pero… no soy muy experta, eso sí, me gusta y mucho todo lo relacionado con el jardín, jamás arranco nada; todo, tiene derecho a crecer y sobre todo a vivir. Aunque a veces la cizaña destroce lo que está a su alrededor, pero, eso pasa con todo, también con los humanos.
No dije nada pero la mire y note que unas hojas diminutas brotaban, no me dieron ninguna pista ¡bueno ya veremos lo que es! Así  pasaron unos días y, al mirar de nuevo pude comprobar que aquello había crecido bastante rápido, en realidad… no está más alta,  creo que son las hojas que ya estaban un poco más grandes. De nuevo las mire atentamente, y… fue, cuando me pareció que era una morera. Recordé cuando yo iba a coger esas hojas para alimento de mis gusanos.
Llame a mi marido, aunque como experto es: más, o, menos cómo yo, las miro y efectivamente dijo ¡Esto es una morera! ¿Cómo lo sabes? Le pregunte, porque en el pueblo donde yo vivía, habían muchos árboles de estos, me contesto muy presto. ¡Pues qué bien! Pensé, y, le señale la higuera, símbolo de su apellido, faltaba el fruto de su segundo, ya que es Mora. Se rió con ganas. Aquel árbol seguramente se haría enorme, a mí, no me importaba. Aunque pensándolo bien… ya que no tenemos nada en la acera la podríamos trasplantar, quedaría muy bien. Según en qué estación del año dicen que no se puede trasplantar ya que se mueren. Pero, buena soy yo, una vez pensado, a mí la impaciencia ya me hacía cosquillas, así que inste por cambiarla de sitio, de esa forma crecería más rápido y estaría ella sola, nadie la molestaría.

Mi marido puso el grito en el cielo pero al final, hizo el agujero profundo para meterla dentro. Mientras, yo iba con mucho cuidado quitando la tierra que la rodeaba para no estropear nada de aquello que crecía a su alrededor. Por fin encontré las raíces, ya estaba casi fuera, la saque y con todo mi cariño la lleve hasta su nuevo cubículo, y, allí quedo, ella sola y con toda la anchura necesaria para crecer y hacerse frondosa. Todos los días la regaba un poquito, era época de calor y necesitaba ese líquido, se iba notando que se encontraba muy a gusto  en su nuevo hogar (por que las plantas no siempre quieren estar donde nosotros las ubicamos, ellas escogen su lugar, es algo vivo, por tanto…)

Pero, una mañana cuando nos levantamos, y, la visitamos, pudimos ver con dolor que alguien con mucho “amor” a la naturaleza, había partido la rama por la mitad; nos miramos, y, regamos otro poquito, le habían arrancado todas sus hojas, además de partirla, la dejaron desnuda. Quisimos pensar que había sido algún niño, dejado por algunos padres que no saben dar una educación correcta. Solamente nos quedaba esperar. Aquella morera era fuerte y pudo salir adelante, de nuevo creció, y tuvo hojas nuevas. Pero no termino la historia, de nuevo apareció, con el tronco: partido y desnudo. Alguien estaba dispuesto a que nuestro árbol no estuviera allí, pero… ¡que empeño podían tener! Si  era un niño, este ya tenía un año más, si era un mayor, también tenía otro nuevo año, pero eso sí: ni “pajolera” idea de lo que era amar la naturaleza. De nuevo tenía que luchar para sobrevivir.

Paso un invierno y llego de nuevo la primavera, pero la morera pensó que esta vez nadie le volvería a lastimar: creció, y, creció, engordo y engordo su tronco, tanto que era muy difícil volver a romper, ahora tenía dos ramas, por donde la cortaron y además de tirón, salieron dos ramas, ya nadie la ha molestado nunca, nuestro árbol esta maravilloso, ha crecido tanto que es imposible poder coger una hoja si no es con una escalera, claro que yo sí puedo desde mi terraza con la mano. De ella comen infinidad de aves, sirve para que otras tengan su nido, su hogar, de donde sale vida, vida constante: aletear, piar, y, también unos bellos cantos de esos pequeños pajarillos que dan gracias por encontrar tan dulce y beneficioso alimento. Es nuestro orgullo, sus hojas verdes brillantes, su fruto es enorme y en cantidad. De nuevo nuestro árbol tiene un gran problema, ahora los vecinos se quejan porque mancha la acera, la calle, tenemos miedo que algún día desaparezca, de momento sigue a nuestro lado.

Esta es la historia de una morera que sin plantarla creció en un lugar donde pudo encontrar cariño y no mucha paz.

Escrito por: Higorca Gómez 

1 comentario:

marita faini adonnino dijo...

La morera...Sí, la morera...Mi imaginación me llevó velozmente a mi infancia ,a pesar de ser ya la hora en que se perdió el zapatito de cristal.Para la imaginación no hay tiempo,sólo el tiempo en que nos ubicamos.
Amo los árboles desde muy niña, siempre hablé con ellos y acaricié sus troncos.En mi casa de pequeña había, entre otros muchos árboles, dos moreras.Qué gozo trepar por su tronco y encaramarme en alguna de sus ramas.Aún siento en la piel esa aspereza verde inconfundible de sus hojas, la frescura acogedora de su sombra y cuando llegaba la época de sus frutos, era darse el banquete de moras blancas y negras.
He pasado por la vieja casona ,no hace tanto y he visto con melancolía, a las dos moreras de pie, soñando bajo un cielo tremendamente azul.
también allí estaban mis paraísos hermosos, ellas...
Quién pudiera volver a treparse en sus ramas siendo niña ota vez.
Marita Faini Adonnino-Argentina