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Portada: Higorca

martes, 7 de diciembre de 2010

KIOTO

Higorca dirigiéndome al publico en el museo Marc Chagall de Kioto

Una artista de caligrafía japonesa con su quimono tradicional expositora en el museo 

El profesor de Raku, la XVI, generación de la importante cerámica, José Higueras y yo, Higorca

Higorca ante uno de los arreglos florales, todo ello hecho con flor natural, con orquídeas

Era mi época de directora de Kokusai Bijutsi Singykai en Japón, o lo que es el equivalente de Bellas Artes aquí en España, había una exposición en un museo de Kioto y fuimos invitados. Además de ese cargo también ejercía y sigo en ello, como critica de arte caligráfico japones. Esto último me encantaba y me sigue gustando mucho, es algo interesante de verdad, quizás al mirarlas nos parezcan todas iguales, pero nada de eso, cada uno de esos artistas tienen un toque especial sobre el papel y con la tinta. Sus pinceles tienen una peculiaridad distinta, es algo mágico ver como los manejan para “escribir” sobre esos papeles de arroz o de papiros y a veces de bambú. Sus flores tienen la elegancia y la exquisitez de la sensibilidad genuina de los nipones, son delicados en todos sus detalles, bien sean de pintura o de arreglos florales, o sobre decoración y ya no hablemos para poner una mesa a la hora de comer o simplemente para tomar un te . Sus jardines son como templos, entrar en uno de ellos es llenar los sentimientos, la mente de algo inexplicable, para los artistas son la llegada de todas las musas. La expresividad, la creación venida de los aromas, colores y fragancias que podemos espirar.
Pues bien, en esa exposición se podía ver todas esas maravillas, pintura, caligrafía, arreglos florales hechas con orquídeas naturales, la mejor cerámica nunca imaginable, escultura, etc. todo ello siempre con una música suave de fondo que al entrar en el museo de Marc Chagall, era como entrar en un paraíso.
Entre aquellos “hacedores” de caligrafía, un pintor, un señor que tenía su obra colgada, normalmente los “pintores” en el Japón son de un status más bien alto, pueden permitirse el trabajar por placer, si venden, muy bien y si no, no pasa nada. El día de la inauguración el pintor muy correctamente me hizo saber que le gustaría contar con una crítica hecha por mi. No me importo ya que soy bastante “forofa” de sus trabajos. Mire aquellas buenas pinceladas y me dispuse en una mesa que había en aquel séptimo piso del edificio a trabajar. Termine mi trabajo y se lo lleve al artista, me había encantado cada uno de los trazos bien dados y en su lugar, era un trabajo esplendido, además le había visto dar los últimos toques. Ellos suelen hacer sus trabajos extendidos en el suelo.
Después de leerla, me miro, sonrió y me hizo una reverencia, como siempre hacían y me dio la mano ¿Cuanto le debo? ¡¡¡Por favor!!! Conteste ¡¡Nada, ha sido un honor el trabajar para su obra!! Sin perder la sonrisa, de nuevo me dio las gracias.
Seguimos con el programa debido antes de ir al “evento” que habían preparado, como siempre sabía que me tocaría hablar, me había llevado mi pequeña “chuleta” de todos es sabido que nunca me ha gustado hablar en público, me gusta pasar desapercibida, siempre es mejor.
Antes de terminar de comer me trajeron un sobre en un bandeja, lo cogí, lo abrí y cual no fue mi sorpresa al leer y ver que era aquello ¡Una invitación! Pasar veinticuatro horas en un lugar de ensueño con mi marido. Era un hotel que estaba enclavado en la montaña de Kioto, era un manantial de aguas termales donde no faltaba de nada, en aquella época decían que era el lugar soñado por todos los japoneses para pasar simplemente una noche ya que era de un precio desorbitado.
Mi descubrimiento me había dejado atónita, no supe como reaccionar, jamás pensé que yo una simple española, trabajadora en un mundo mágico hubiese tenido acceso a tan maravilloso lugar. Ahora lo pienso y si no tuviera los testimonios de las fotos me parecería que lo había soñado.