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sábado, 27 de noviembre de 2010

NOCHE DE ESTRELLAS

Dionisio Cañas, Manuel Juliá


Todavía resuenan en mi mente las palabras, las letras de dos maestros. Uno al lado del otro como si de un juego de naipes se tratara, o quizás en un termino taurino, un mano a mano, pero una mano a mano de letras, de buenas y sabias letras.
Bien preparado el acto por una eficaz mujer, que es el timón de la Escuela de Escritores Alonso Quijano de Alcazar de San Juan. Paloma ese es su nombre había llevado a cabo una reunión esmerada y pulcra, como es su costumbre. Gracias Paloma.
Fue un rato inolvidable, sí, es verdad que hay muchos ratos de esos, pero algunos son memorables, de esos, que nos hacen empequeñecer y al mismo tiempo enmudecer ante tanta sabiduría y bien hacer.
¡Ahí es nada! Un catedrático de Nueva York con alma y cuerpo de manchego puro, sabio e investigador de todo aquello que huele a su tierra, a ese trozo que como nos dijo ayer y descubriendo algo precioso, nos dijo con ese punto de picaresca característico de su tierra ¡¡¡Esta es la tierra de la luz!!! Bueno, la real, la autentica, se la dejo al maestro, pero ya es bastante ¿no creen? Descubrirnos a todos aquellos que estábamos allí que ese resplandor inmenso del cielo es esto. No he dicho su nombre, es nada menos que Dionisio Cañas, un sencillo manchego que tiene un puñado de buenos premios sobre él, o lo que es lo mismo, sobre su obra.
Al lado, Manuel Juliá, con un enorme curriculum, pero por encima de todas las “otras cosas” es poeta y periodista. Nos quedaremos con esas dos cosas y además un extraordinario comunicador, cosa muy importante a la hora de prologar la obra ajena y digo eso porque al comunicar se transmite y eso es lo que hace el maestro Manuel al leer, transmitir aquello que ve, con tanta precisión y entusiasmo, con tanta veracidad y emoción que es imposible no entender claramente de que trata el libro.
Paso el rato con rapidez, tanto que cuando nos dimos cuenta nos encontramos en el vino de reunión, en ese vino que esta vez era muy manchego.
No se notaba el frío de la noche, dentro estaba toda la calidez necesaria para pasar un buen rato entre amigos, entre esos maravillosos maestros de la palabra, de las letras, de la poesía, de la transmisión, porque transmitir es amar las letras.
Gracias una vez más.