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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

miércoles, 6 de enero de 2010

EL NIÑO DEL ESTANQUE

Hoy como es el día de Reyes mi regalo es un cuento, algo que puede ser para todos, pequeños y mayores.
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Había una vez un niño que se llamaba Guillermo. Como todos los niños de su edad siempre estaba sonriente, alegre, incluso después de hacer alguna "trastada" que él sabia que no estaba bien. Era entonces cuando miraba a sus padres con cara de pícaro, esperando la consabida "regañina". Con aquella mirada los "desarmaba".
Le gustaban los coches, las motos, todo aquello que olía a velocidad. Pero lo que más le gustaba era jugar con la bicicleta y con los animalitos que vivían en un parque que había cerca de su casa; porque otra de las pasiones que tenía eran los animales, a él le habían regalado un perrito al que quería mucho, aunque a veces el pobre se tenía que esconder temeroso de las diabluras que su amito le hacía.
En el centro de aquel parque había un estanque bastante grande, se podía ver desde cualquier punto de aquel verde y bien cuidado jardín. Por uno de los lados, más bien parecía una playa, el agua, muy suavemente llegaba hasta el césped aquello servía para que los cisnes, los ánades y los patitos con sus plumas de colores tornasoladas salieran a tierra firme y les dieran de comer los visitantes con sus manos.
Por eso el niño antes de salir de casa se proveía de pan, ya que si salían y no les daban nada se enfadaban y la emprendían a picotazos, unos picotazos que dolían ya que su potente pico no reparaba en edad. Era mejor darle la comida que salir corriendo.
A unos pocos metros se erguía un puente que lo cruzaba, desde el centro del mismo se podía ver la hermosa fuente redonda y rematada por un niño que vomitaba agua por su boca, aquel chorro salía con tanta fuerza que se alzaba hasta muy arriba para luego caer fuertemente formando espuma, burbujas transparentes sobre aquella otra agua que parecía un espejo de color verde oscuro debido a tantos árboles como lo rodeaba y por los nenúfares que habitaban alegremente por dentro, de vez en cuando se podían entrever alguno de los peces rojos o de color oro también habitantes del fantástico rincón.
Por todo eso le pedía a su mamá por las tardes después de salir del "cole" que cogieran la "bici" y se acercasen al maravilloso lugar.
Cogía aquel pan para darles de comer a los "inquilinos" que moraban el estanque y muy feliz emprendía el camino de la mano de su progenitora.
Aquella era una tarde del mes de abril, los días ya eran más largos y la temperatura magnífica. Como tantas otras se encaminaron al lugar, cuando llegaron su mamá se sentó en uno de aquellos bancos que habían cerca del estanque, de esa forma aún con un libro en la mano podía ver donde se encontraba su hijo, se puso a leer ya que era muy temprano para darle la merienda. Guillermo se encamino hasta donde estaban aquellas aves, los cisnes fueron los primeros en salir a saludarle, el niño saco el pan que llevaba en una bolsa y se lo dio poco a poco para que le durara más rato.
Le gustaba jugar con los ánades y patos, con aquellos cisnes blancos, de un blanco inmaculado, como si no se manchasen, la verdad es que eran muy "coquetos".
Se guardo un poco para dárselo a los peces desde el puente, de esa forma salían muchos y podía disfrutar del espectáculo.
Estaba mirando extasiado cuando vio en el otro extremo del estanque un cisne "distinto" se quedo mirándolo, el animal iba nadando lentamente hasta donde estaba el niño, no lo había visto nunca, salio corriendo llamando a su madre tenía que decírselo, aquello era una novedad para él ¡¡¡Un cisne negro!!!
Llamaba a gritos a su mamá que alertada iba a su encuentro.
-¡¡Mamá, mamá, he visto un cisne negro, venía del fondo de estanque, es muy bonito!!
Se acercaron los dos, no le quedaba pan, todo se lo habían comido, claro él no lo sabía y lo había repartido.
El cisne seguía allí, había salido del agua y estaba en el césped pero no se tiraba a picar como era costumbre de sus hermanos blancos. El cisne se acerco hasta Guillermo, levanto la cabeza y rápidamente la bajo de nuevo, como si de alguna forma le pidiera perdón si le había asustado.
El niño cogido de la mano de su madre no sabía como reaccionar, de pronto se soltó de aquella mano que le aprisionaba sin darse cuenta de lo que su mamá le estaba explicando.
Quería decirle que alguna vez sale un cisne negro como el que estaba viendo, que era normal, como normal es ver entre nosotros personas de otro color.
Pero el niño ya no escuchaba nada, estaba al lado de aquel animal que se dejaba acariciar sin picar, sin correr, estaba quieto a su lado.
Guillermo le hablaba con cariño, como solamente los niños saben hacerlo. Se quedo pensativo por unos momentos y volviéndose hasta donde estaba su madre, le pidió la merienda, su mamá comprendió el porque, saco la bolsita y quitando el papel al bocadillo se lo entrego.
El niño compartió aquella suculenta merienda con el animal que no se movía de su lado, acercando de vez en cuando la cabeza y pasándosela por la pierna en concepto de caricia, estuvo un rato jugando con él. Se compenetraban, luego se despidieron con un hasta mañana.
Aquella noche cuando su papá llego a casa Guillermo le contó lo sucedido en el estanque. Su padre lo sentó sobre sus rodillas y le explico con todo detalle que el color nada importa, son los sentimientos lo que cuentan. No importa ser ni blanco, ni negro, ni amarillo, ni cobrizo. El corazón no tiene color, nada sabe de esas cosas, lo importante es respetarnos unos a otros.
Desde aquel día Guillermo visita todas las tardes compartiendo el bocadillo que ahora su madre lo lleva más grande.
Cuando los animalitos lo ven salen todos juntos, cisnes blancos y el negro, los patos y los ánades, todos esperan su turno; eso sí, el cisne negro se queda para ser el último, pero lejos de pensar otra cosa, es simplemente para poder jugar, acariciar al niño que supo en su corta edad comprenderlo y quererlo.
En una palabra compartir con él todo lo que en ese momento llevaba y lo más importante no discriminar su color.
Quizás ellos los animales no entiendan de colores, pero lo que si es seguro saben distinguir el bien del mal.
Guillermo, ahora cuando ve a otra persona de color distinto al suyo, no le mira extrañado, lo mira de igual a igual.

2 comentarios:

MIGUEL NONAY dijo...

Precioso alegato contra el racismo, y en favor de la tolerancia.

Con los tiempos que corren, Higorca, eres un soplo de aire fresco.

Un besazo, guapa¡¡¡


A Salto De Mata

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

HOLA HIGORCA:

TODOS, TODAS, NO IMPORTA LA RAZA, NI EL COLOR DE LA PIEL. HERMANOS Y HERMANAS, HIJOS, HIJAS DE DIOS, DE LA MADRE TIERRA.

QUE BONITO, QUE ENROIQUECEDOR TU RELATO.

PETONS. montserrat