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LA EPIDEMIA AZUL

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Portada: Higorca

lunes, 14 de septiembre de 2009

LA NORIA


Erase que se era un pueblecito de un lugar de La Mancha, y de cuyo nombre si quiero acordarme.
Un lugar típicamente manchego, sus casas encaladas resplandecen bajo el sol de cualquier mes del año. Colores emblemáticos de la tierra, blanco y azulete bandera manchega.
En ese pueblecito encontramos un rincón romántico, entrañable. Otras veces lleno de nostalgia por épocas pasadas.
Pero ahí está, enclavada como fiel testigo de tiempos anteriores, seguramente si pudiera hablar contaría bellas historias, o quizás tristes pero seguramente todas hermosas.
Ella es una noria. Una noria abandonada, en ruinas, pero eso sí, rodeada de esbeltos árboles, unos chopos de color plateado con sus ramas mirando al cielo que parecen custodiarla.
Mientras paseaba por el campo y al pasar cerca, me acerque hasta el lugar aprovechando la sombra de sus árboles me senté, quería descansar y al mismo tiempo mirar aquellas piedras, aquella rueda que un día ya lejano sacaba el agua del pozo, ayudada siempre por una mula o un burro que auxiliaba en los trabajos agrícolas. Hoy ya a la pobre noria le faltan muchas cosas, por no tener ya no tiene los canjilones, seguramente se los habían llevado.
Me senté cerca de las piedras medio derruidas, entorno los ojos y escuche el sonido del agua, ¿me hablaba? O ¿Me pareció a mí?
Parecía oír que contaba una pequeña historia, la historia de una pareja que habiendo nacido en el lugar tuvo que emigrar, claro cada uno por su lado, eran tiempos difíciles y cada uno con sus padres cuando eran unos adolescentes partieron para otros lugares donde poder ganarse mejor el pan de cada día.
El agua murmuraba y en su murmullo parecía entenderse que ahora paseaban por unos parajes casi olvidados, aunque se habían conocido por aquellos lares; de aquello hacía mucho años.
Cuando de nuevo se vieron no eran viejos, tampoco jóvenes, pero si tenían la mitad de su vida pasada. Se habían separado y no se habían vuelto a ver.
Ahora el destino les había unido de nuevo. Allí en aquella vieja noria. Sin saber como habían llegado hasta ella, cada uno por un lado. Al verse se sonrieron timidamente, se saludaron, no se reconocieron, fue después de un rato cuando se dieron cuenta de quien eran en realidad.
Recordaron toda su infancia, su juventud, sus juegos y correrías, las trastadas que de niños cometían, estuvieron hablando un buen rato, reían, otras veces la conversación les derivaba a la nostalgia .
Mientras, el sol los miraba a través de aquellos árboles, parecía que les guiñaba un ojo con cariño, de pronto se miraron y sin saber como se fundieron en un abrazo olvidando todo el pasado, estaban en un presente, junto a la noria, una vieja noria, la que ellos siempre visitaban, el lugar donde siempre jugaban.
Ahora sentados a la sombra de los elegantes árboles, de nuevo se juraron amor eterno.
Desperté, a mi lado estaba un hombre, me asuste, le mire a la cara y vi que sonreía, me pude dar cuenta que me había dejado llevar por el murmullo del agua, sin querer se me había pasado el rato y alguien había ido a buscarme, mi marido.
También él se sentó a mi lado, sobre aquellas viejas piedras, suspiramos y miramos al cielo apartando aquellas ramas con la vista, parecían abrazarse, el tiempo había unido unas con otras.
Aquel agua había regado las raíces de aquellos hermosos árboles. Como el paso del tiempo alimenta las almas firmes de los enamorados haciendo que su amor sea eterno.