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UNIÓN HISPANOAMERICANA DE ESCRITORES

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LA EPIDEMIA AZUL

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Portada: Higorca

jueves, 18 de junio de 2009

LA CUEVA DE MONTESINOS

Dicen, los dimes y diretes y otras muchas cosas que nuestro buen Cervantes se refugio en una cueva cuando iba huyendo de unos "acreedores". ¿Verdad? O ¿Mentira? La cuestión es que por los alrededores de las lagunas de Ruidera (un parque natural de lo más maravilloso que se puede uno imaginar) Existe una cueva en la que el misterio y otras cosas que encontramos en su interior la hacen todavía más enigmática.
El guarda que estaba custodiando la puerta de entrada y adiestrando a todo aquél que quería pasar a visitarla, nos explicaba como muy interesado, y haciéndose siempre el interesante, decía: ¡¡Miren!! ¿Ven? Aquí en la puerta de entrada hay una parra. -Sí, ¡¡es verdad!! hay una parra. Contestaban aquellos que le rodeaban oyendo atentamente las explicaciones. El dicho señor proseguía muy ufano.- Si ustedes recuerdan el Quijote, también recordaran que habla de una parra, pues bien ¡¡esta es!!.
Después de bajar como si fuesen unos escalones esculpidos en la misma roca por el paso de los años y la erosión del agua, encontramos como una antesala amplia, entonces el guarda nos decía. -Miren, miren, aquí podemos ver la cara perfectamente de D. Quijote.
Recuerdo que eran sobre las 20, 00 h. el sol ya empezaba a esconderse y al mirar por donde el señor nos indicaba nos parecía ver la silueta del enjuto caballero. Quizás con suerte la forma de alguna de las muchas rocas, piedras, talladas, de nuevo volvemos a lo mismo, todo debido por el paso y las inclemencias del tiempo sin darse cuenta ha dado la forma de tal manera que a través de los rayos solares daba esa caprichosa forma.
Seguimos bajando un poco más, empezamos a oír el rumor del agua, necesitábamos una linterna potente que llevábamos en el coche. Era fantástico aquello que podíamos admirar. Eso sí teníamos un poco de peligro, el camino era estrecho, resbaladizo, por un lado la pared de la gruta o cueva, por el otro la corriente del agua bastante potente, rápida, así que despacio fuimos avanzando hasta llegar a una estancia amplísima llena de estalactitas, cristales que iban en todas las direcciones, a pesar de la poca luz que teníamos aquello era impresionante, destellos de colores, miles de gotitas, estrellas que parecían desprenderse de las paredes, del techo, impresionante, estábamos todos inmóviles, no nos atreviamos casi ni a respirar.
Una vez fuera la cabeza da vueltas, piensa en la maravilla que hemos dejado atrás.
No se si de verdad se refugio en aquel lugar el caballero, el manco de Lepanto, de lo que si estoy segura es de que el buen guarda hacía ver con su énfasis la silueta de alguien imaginario, tornando el sitio en un lugar enigmático, fantástico y casi desconocido.