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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

domingo, 14 de septiembre de 2008

QUE PEQUEÑOS SOMOS

Cuantas veces me pregunto, al escuchar o simplemente oír alguna de esas conversaciones que al mirar al que tiene la palabra se comprende el por que habla con tanta ligereza. Porqué hablamos sin saber aquello de lo que estamos opinando.

Es entonces cuando me quedo pensando y me pregunto ¿Qué soy? ¿Qué sé? Y me respondo aquella frase que un día ya lejano escribió alguien de mucha inteligencia. NO SE NADA QUE NADA SE.

Cuando has tenido la oportunidad de estar encerrada en un lugar donde se guarda tanta sabiduría, donde hay tantas letras encerradas en unas cuartillas blancas, escritas con una mano firme y con una total perfección, que simplemente al mirarlas sabes lo que quieren decir, maravilla de la maravilla. Escrito todo ello por aquellas personas de una cultura inmensurable, antepasados nuestros, riqueza que nos legaron para nuestro recreo y aprendizaje.

Después de admirar, leer y llenarme de tanto arte, sigo pensando ¿Quien soy yo? Alguien que necesita aprender cada día al levantarme, necesito saber mucho más, tengo una curiosidad inusitada, necesito saber, cuando hablo con otras personas transmitirles lo mismo que he sentido yo al tener la oportunidad de pasearme por esos pasillos admirando tantas y tantas joyas allí guardadas.

He tenido la oportunidad de recrearme no solamente en las maravillosas letras, también me he podido empapar en pintura, maravillosas obras, de muchos siglos atrás, hechas por manos que supieron transmitir con firmeza sobre el blanco lienzo aquello que retrataba su fina retina, aquello que su mente le mandaba. Algo impresionante.

Me he repetido reiteradamente ¿Qué se yo? Nada ¡Necesito todavía tanto tiempo para aprender tantas cosas! Que pequeña me siento cuando estoy rodeada de tanta y tanta sabiduría.

Todavía siento ese olor, mejor ese aroma que desprenden los libros y los cuadros cuando ha pasado tanto tiempo, es extraordinario ver tantos siglos allí reunidos, recrear la vista, los sentidos, impregnarse de tantas historias allí guardadas celosamente, y más maravilloso es poder conservarlo.

Eso, todavía me hace reflexionar más que soy una pobre aprendiza de pluma y de pincel, que a lo más que llego es a manchar unos lienzos y unas cuantas cuartillas.

Pobres ignorantes cuando hablamos y hablamos sin saber, verborrea barata, chismosa que tanto le gusta a los de más bajo nivel, pero gritan y gritan para que los oigamos, como queriendo destacar en algo que es imposible. No lo cambio.

Me gusta el silencio de esas bibliotecas inmensas, bibliotecas que les llaman antiguas, me gusta integrarme en cada una de sus historias, de sus fábulas, de sus versos o poesías, de aquellas literaturas que nos trasladan a unos tiempos lejanos, existentes o no. Eso ahora no importa, lo importante es que los tenemos, lo importante es que todavía podemos disfrutar de ellas, aprender todo lo que encierran.

Mirar cada obra pictórica, admirar a su autor, llevarlo dentro de nosotros. Pinceladas, una tras otra, dándole forma, volumen, lejanías, que solamente existen en la realidad, pero que el artista sabe trasladar a ese trozo de tela o papel para que al mirarlas nos encontremos en el lugar donde fue pintada. Figuras, retratos, vestidos de otras épocas. Magnificencia, seguridad en el bien hacer, esplendido.

Doy las gracias a todos los que me precedieron y supieron dejar esa maravillosa herencia y también gracias a todos aquellos que supieron cuidar a través de los siglos semejante legado.

Y repito de nuevo. Que pequeños somos. Me siento como una mota de arena en una inmensidad. No soy nada, que nada soy. No se nada que nada se. Una pobre aprendiza que todavía cabalga a gatas.