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CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

jueves, 20 de noviembre de 2008

PUEDE SER UN CUENTO

Después de la guerra civil las familias no tenían muchas posibilidades, la pobreza estaba muy extendida por toda la península. Tenían que trabajar mucho y la mayoría de las veces ganaban poco.
Cualquier matrimonio, tenía varios hijos y no podían muchas veces dar todo lo que aquellos niños necesitaban.
La historia de hoy es como podría ser una tantas otras de aquella época. La que hoy nos atañe estaba formada por los padres y cuatro niños. Bueno eran tres niñas y un niño.
Jorge, ese era el nombre del niño que nos ocupa; aunque era el mayor todavía no tenía edad suficiente para poder trabajar en una de aquellas fábricas que habían cerca de su pueblo o en otro lugar cualquiera, o en otra cosa cualquiera. Era todavia un niño de nueve años, que al mirarlo parecia mucho más pequeño.
Sus ganas de jugar eran inmensas, como todos los niños a su edad. Aunque era pequeño se daba cuenta de la necesidad por la que pasaban e intentaba muchas veces ayudar a su madre, lo hacía todo de buena fe, pero transformaba las ayudas en juegos, era algo que no podía evitar, sin pensar en ningún momento el peligro que más de una vez con aquellos juegos corría. En primer lugar los juguetes no eran precisamente los mismos que los que ahora tienen los niños.
Por aquel entonces Jorge tenía que conformarse con juguetes que el mismo se hacía, jugar en la calle con otros niños, o como mucho, alguna vez su padre se lo llevaba con la bicicleta, eso si se celebraba alguna feria cerca del pueblo donde vivían, y, siempre que fuese en verano, ya que en invierno la nieve rodeaba todo y normalmente se quedaban aislados durante unos meses.
Claro que se daba cuenta de las necesidades que había en aquella humilde casa, sus padres con lo que trabajaban solamente les llegaba para lo más imprescindible. Esos alimentos básicos como son el pan y la leche.
Eso sí la casa estaba muy limpia. También ellos, sus hermanas y él iban muy limpios y sobre todo su madre se esforzaba en que las ropas estuvieran bien cosidas y limpias, cosa difícil, muy difícil con ellos ya que no paraban ni un momento, Jorge y sus hermanas siempre estaban pensando y llevando a cabo trastadas. Se llevaban poco tiempo uno del otro.
Tan pronto estaban subidos a un manzano cogiendo la fruta que podían para comérselo, claro, jamás robaban, pero como cosa de niños les gustaba el sabor agridulce de aquellas exquisitas manzanas que había en un pequeño huerto cerca de su casa.
Como tenían miedo que les sorprendiera el dueño y les tirara de las orejas o se lo dijese a sus padres, alguna vez la hermana pequeña se quedaba para mirar si alguien llegaba, en broma les llamaba diciendo que viene, que viene... Jorge se tiraba rápido del árbol y se rompía los pantalones o la camisa y a veces las dos cosas, cuando llegaba a casa su madre le pegaba y le chillaba.
El, pedía perdón y le prometía una y otra vez a su madre que no lo haría nunca más pero eso no era así, se le olvidaba muy pronto y de nuevo volvía con otra travesura.
Llegaba el invierno y como ya hemos dicho esa estación era muy cruda, la nieve se amontonaba en las calles y las casas se quedaban frías. Por eso en verano había que hacer acopio de leña y carbón para poder calentarse y poder hacer la comida en unas cocinas grandes de hierro o bien en chimenea, las dos cosas eran buenas para dar calor en aquellas humildes casas.
En verano Jorge tenía una misión concreta, recoger la carbonilla que soltaba la vagoneta cuando salía por la boca de la mina. Esa mina se encontraba a unos pocos kilómetros del lugar donde vivía, pero no protestaba, le gustaba ir, allí se juntaba con otros niños en la misma condición social que él, eran todos igual de traviesos, sus diabluras eran impresionantes.
Ese día hacía bastante calor, ya habían recogido el capazo que llevaban, era bastante gorda la carbonilla, su madre estaría contenta ya que la podían vender y tener un poco de dinero.
Cuando era muy fina o pequeña nadie la quería ya que se gastaba muy rápida, entonces se la quedaban para ellos, por el contrarió cuando era un poco más gruesa la podían vender y conseguir unas monedas que no iban mal del todo.
La mina estaba muy cerca del río, allí lavaban el carbón los mineros, pero también un poco más arriba estaba la compuerta del pantano, en realidad era bastante peligroso andar por aquellos lares y mucho más los niños.
Jorge y los otros rapaces ese día habían terminado pronto y pensarón en darse un baño en aquella aguas cristalinas, no lo pensarón dos veces y después de quitarse los pantalones y la camisa se metieron en el agua, como cosa de niños se echaban agua los unos a los otros, se lo estaban pasando bien, muy bien además aquello les serviría para ir un poco más limpios a casa.
Mientras jugaban no se dieron cuenta que habrían las compuertas, el agua bajaba como un torrente y Jorge se hundió hasta el fondo de aquel río que cada vez era más y más hondo. No se doy cuenta que era un pozo.
Quería salir, notaba que se ahogaba y en su pensamiento solamente una cosa, salir de aquel pozo que se lo estaba tragando, la luz de arriba cada vez la notaba más lejana.
Los otros compañeros le llamaban y él los oía pero nada podía hacer. De pronto algo se le ilumino, en segundos empezó a subir, agarrándose como pudo con las manos y los pies a las piedras y la carbonilla, fue subiendo y subiendo, hasta llegar arriba y poder sacar la cabeza, siguió arrastrándose hasta que llego a la orilla de aquel río y se quedo inerte.
Los compañeros no sabían que hacer lo movían, le llamaban, se sentaron encima de él para ver si podían sacar de alguna manera el agua que llevaba dentro.
Seguramente fueron segundos, pero a él le parecieron horas. De pronto se sentó sobre la tierra, fue respirando cada vez más normal hasta que se pudo poner en pie, los otros niños le miraban y no daban crédito a lo que estaban viendo, él les hizo jurar que no iban a decir nada a nadie. Así lo hicieron.
Ahora cuando Jorge lo recuerda todavía se impresiona y realmente no sabe como salió de aquel pozo que siempre lo dice se lo estaba tragando. Nunca se lo dijo a su madre, no quería hacerla sufrir.
¿Cuantas veces decimos que los niños tienen un Ángel de la guarda? A Jorge lo salvo, de lo contrario no hay explicación posible. Nunca más le ha gustado bañarse y muy pocas veces se le puede ver en una playa y lo que es peor, no soporta que cuando alguien se aleja nadando, el se marcha porque recuerda ese episodio de su vida.
Jorge creció y es un señor mayor, le tuvieron que operar de un oído ya que a consecuencia de aquello se le perforo el tímpano. Solamente él lo sabía.



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