Seguidores -- GRACIAS POR ACOMPAÑARME OTRO AÑO

CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

viernes, 14 de noviembre de 2008

KYOTO (JAPON)







Parque o templos de Kyoto



Seguimos con el viaje de nuestros amigos Andrés y María por tierras niponas. Durante tres días tuvieron la oportunidad de visitar Kyoto. Es una ciudad de ensueño. A ellos les pareció estar soñando. Era la estación de los cerezos en flor. Pasear por aquellos romanticos lugares con todos los árboles cuajados de flores blancas, de vez en cuando una brisa y al mover el aire las ramas los pétalos caían suavemente y parecía que estaba nevando.
Toda la ciudad es un santuario, un templo, algo maravilloso. Es una ciudad muy grande quizás tiene más de dos millones de habitantes.
Nuestros amigos no se cansaban de mirar y admirar cada rincón de aquella incomparable ciudad. Les acompañaban como en toda su visita por Japón, un Samurai y su concubina. Era una atención maravillosa de lo contrario no era posible poder visitar tantos templos, parques, santuarios, palacios y un largo etc., como se encuentran en ese paradisiaco lugar.
Los jardines o parques son algo extraordinario, todo esta sumamente cuidado, limpio, ordenado. Ellos adoran hasta las piedras que las ponen con una delicadeza y armonía cual si se tratara de un santuario.
María caminaba mirando todo con detenimiento. Aquellos pequeños ríos recorriendo los parques estaban llenos de unos peces de color oro unos, rojos, plateados, azules, blancos otros, eran enormes, paseaban tranquilamente por aquel agua transparente y cristalina, limpia, extraordinariamente limpia, el fondo de aquel riachuelo se podía ver perfectamente, sus piedras parecían medallas colocadas en todo aquel cauce.
María tocaba el brazo de Andrés para con un movimiento de cabeza señalar cualquiera de aquellas cosas bellas con que se tropezaban.
De vez en cuando lo cruzaba un pequeño puente, parecía hecho para una casa de muñecas, una mezcla de filigrana, todo ello trabajado con caña de bambú. En verdad daba, primero, como miedo de hablar por no romper aquel silencio sepulcral que aún estando lleno de gente paseando por aquellas sendas perfectamente marcadas se podía masticar, era un profundo silencio que invitaba a meditar.
Hasta el sol era dulce, suave, en aquel lugar, el aire estaba tranquilo, sereno, queriendo dar la bienvenida a todos aquellos paseantes y visitantes de tantos lugares sagrados como en aquel recinto se podía encontrar.
Entraron en uno de los templos. El samurai, cogió unas cuantas de aquellas pequeñas velas que se encontraban en la entrada sobre una pequeña fuente alargada. Lo mismo que él, todos los japoneses que entraban la cogían, la encendían con otra y la colocaban en la enorme palmatoria, delante del altar donde se encontraba buda. Ellos que son o budistas o taoístas.
Bueno la verdad es que María que es tan curiosa pregunto y el samurai que les acompañaba les explico que lo más normal es que nacen budistas y mueren taoístas. Cada uno debe ser fiel a sus creencias.
Entraron en otro donde una multitud estaban orando delante de un altar donde se podía ver cien budas, les comentaron que eran mujeres, todos ellas de oro, las paredes estaban todas pintadas con flores y con figuras delante de unos paisajes preciosos, todo ello hecho con lacas, aquello tenía una antiguedad impensable.
Para entrar debías coger unos calzos de plásticos para ponerlos en los pies, de esa forma nada se manchaba.
Los dos, Andrés y María se miraban, eran incapaces de hablar, se podía mirar a cualquier lugar. En el parque, quiere decirse fuera de los templos, no había nada, nada en el suelo, nadie era capaz de tirar absolutamente nada, ni al suelo y tampoco a ningún sitio de aquel sagrado recinto.
Trabajan los árboles primorosamente, llevan las ramas con alambres haciendo las formas que ellos consideran más bonitas, tienen un gusto exquisito para la decoración, de todo. Un sueño, un verdadero sueño.
Aquel inmenso jardín no se podía ver todo en una hora, no ni mucho menos, se tiene que pasear y pasar por un montón de sendas, por que no solamente son las plantas, que cada una es más bonita que otra, cada árbol es distinto de otro, pero cada pocos metros podemos ver un puente que cruza ese río y cada puente es una maravilla. Un templo que se puede entrar, unos llenos de budas o dioses que ellos adoran. Otros están vacíos, pero por pequeño que sea aquello que se encuentre dentro, ellos oran.
En otros celebran la ceremonia del te. Cuando Andrés se dio cuenta que allí donde habían entrado era esa ceremonia, se puso a temblar ya que lo pasaba bastante mal, había que estar bastante rato sentado sobre las piernas, ellos no estaban acostumbrados y terminaban con mucho dolor, cuando se levantaban casi no podían andar. Pero ya estaban dentro, así que no tuvo más remedio que aguantar un poco. Es una ceremonia muy bonita. Seguiremos con la visita a Kyoto

1 comentario:

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

Que hermosa narración de un viaje envidiable.
La verdad, es que un viaje así es para hacerlo con mucha calma y con paciencia como los budistas.Es la manera de disfrutarlo.Enhorabuena.