Seguidores -- GRACIAS POR ACOMPAÑARME OTRO AÑO

CONCIERTO DE MORENTE

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

martes, 11 de diciembre de 2007

TRISTEZA, SOLEDAD...

Aquellas fiestas seguramente iban a ser las más tristes de su vida...

Llegaba la Navidad. El muchacho salio a la calle a dar un simple paseo. Se puso el gabán y la bufanda. Al salir, un escalofrío recorrió su cuerpo, se estremeció y fue cuando se dio cuenta que no se había abrochado. Entonces mientras se abrochaba aquel mugriento gabán y se daba una vuelta al cuello con la bufanda , se dio cuenta de la realidad.

La realidad era que estaba solo... nadie le esperaba en esas fiestas. Nadie le esperaba y tampoco él esperaba ninguna visita ¿quien iba a venir a verle si no tenía a nadie? Lo había perdido todo en poco tiempo. Por lo menos eso era lo que él en aquel momento pensaba.

Lo peor de todo era que él se sentía tan culpable que ni aún en la oscuridad de la noche, ni con las pastillas que le había recetado el sicólogo podía conciliar el sueño.

Caminaba con la cabeza baja y las manos en los bolsillos. Caminaba sin rumbo fijo, pensando. Siempre iba pensando. Pasaba gente por la calle y no la veía. Alguna vez cuando creía ver a alguien conocido, cambiaba el rumbo para no encontrarse. Tanto se había dejado que todo le daba igual, vestir de cualquier manera, o, ir sin afeitar, mal peinado, y, como ahora con un gabán mugriento.

Embullido en sus pensamientos llego hasta un banco (donde siempre se sentaba) de aquel bonito paseo que había en el centro de la ciudad donde residía. Aunque era invierno, aquel día parecía ser un poco más cálido ya que el sol lucia esplendorosamente.

Se sentó timidamente en uno de aquellos bancos. Era algo que solía hacer en los últimos tiempos, luego miraba al frente pero, según él, sin ver nada. Aunque en su interior contaba los árboles y media el radio de los troncos.

Ese día fue cuando se despertó en su interior el hombre que siempre había sido y que tras el accidente le cambió la vida. Las lágrimas le rodaban por sus mejillas, se tapo la cara con las manos y lloro amargamente durante un largo rato. De pronto se levanto y a paso rápido se encamino a su casa. Una vez en ella se quito aquellas ropas, puso la calefacción y el agua caliente en marcha, busco en los cajones ropa limpia y lo puso todo sobre la cama, se adentro en la ducha y mientras le caía el agua tibia y se enjabonaba bien su pensamiento iba poniendo cada cosa en su sitio, ordenando todo como si de un armario se tratara.

Salio del cuarto de baño envuelto en un albornoz para vestirse, lo hizo y después se miró al espejo. Se había quitado diez años de encima. Ahora tenía que ir a comprar, reponer y al mismo tiempo reponerse el mismo. De nuevo se miro al espejo y se paso el peine de nuevo. Debía ir también a la peluquería, el pelo estaba demasiado largo. Vio la colonia y se puso unas gotas, nunca le había gustado en demasía.

Busco de nuevo en el armario un abrigo que guardaba, se lo había comprado poco antes del terrible accidente. A Cristina le gustaba mucho y él no había querido ponérselo nunca más, hoy al despertar lo saco, quito la percha y se lo puso, lo acaricio lentamente, era como si estuviera acariciando la piel de ella. Se querían tanto y casi no tuvieron tiempo de nada. Aquel terrible choque por culpa de aquel desgraciado que iba por la autovía circulando por el lado contrario ¿Como podía ser? Era imposible. No, no fue imposible. Allí se quedarón los dos, Cristina, su mujer y el bebe, su pequeño hijo, tenía solamente tres meses.

Los recuerdos, siempre los terribles recuerdos y las preguntas ¿Por qué me tuve que quedar yo? ¿Cuantas veces mirando al cielo lo había preguntado? ¿Para qué quería vivir? Sin ellos su vida no tenía sentido.

Sus padres vivían lejos, al otro lado del mar y cuando paso todo le pidieron que se marchase con ellos, no quiso, quería estar cerca de aquellos dos seres, aunque solamente eran unas cenizas y las habían arrojado al mar mediterráneo, ella siempre lo había comentado y así lo hizo él, pero lo más importante era que en aquella casa habían vivido, compartido las mejores horas de su vida. No quería, no podía dejar aquellos recuerdos que era lo único que le quedaba.

Salió a la calle dispuesto a comenzar de nuevo. Dispuesto a emprender una nueva vida sin olvidar nunca aquellos que siempre estarían a su lado.
Se paro un momento y pensó que todavía faltaban dos días para Nochebuena, dirigio sus pasos hasta una agencia de viajes para saber si todavía quedaban billetes para el vuelo que lo llevaría a pasar esas fiestas con sus padres, no les diría nada pero se presentaría y estaba seguro que sería el mejor regalo que puedieran recibir.

Sí, había encontrado el billete, lo llevaba en el bolsillo, se fue de nuevo a casa para preparar la bolsa de viaje, luego salió a comer, para que iba a comprar nada, ya que estos días no iba a estar. Cuando viniera debía ir a donde él siempre había trabajado y donde tanta paciencía habían tenido.

Debía pedir disculpas, y de nuevo volver. Ahora había comprendido que todo este tiempo mientras miraba los árboles del parque que esta frente a donde él se sentaba, estaba viendo la cara de su mujer.

¡Que ciego había estado! Ella no hubiera aprobado nunca todo lo que había estado haciendo. Debía pedirle perdón en cada uno de sus pensamientos.

Mientras se hacía la hora de embarcar se fue hasta el banco donde había soportado todo su dolor, se sento y miro al frente esta vez no media el diametro de los troncos. Esta vez vió la cara de Cristina sonriéndole y alejandose lentamente, perdiendose entre aquella maraña del bosque, parecía que llevaba un bebe en brazos. Él se levanto y se fue camino del aeropuerto.